En
la mañana llego temprano. El director me saluda: hola, profesor. Se siente raro
que alguien me diga, profesor. Se siente extraño andar con corbata y camisa, ni
para los matrimonios me visto tan formal.
Suena
el timbre que indica el final del recreo. Todos los alumnos se forman en fila
en el patio y esperan a que llegue el profesor para subir ordenados a sus
salas. Destaca la figura de la Virgen María observándolo todo desde su altar.
En el mismo patio, a metros de la Virgen, hay un taca-taca que se lleva toda la
atención de los niños, relegando la figura de la madre de Dios a un segundo
plano.
Entro
a la sala de un primero medio con la profesora guía de mi práctica, Karla. Los
niños parecen cercanos a la profesora, a quien molestan con el profesor de
educación física, siempre se los ve juntos en los pasillos del colegio. Ella se
pone coqueta, se sienta en la mesa y cruza las piernas. El niño que está
sentado a mi lado me pregunta como encuentro a la profesora. Es muy dedicada en
su oficio, le digo y me quedo pensando en lo ñoño de mi comentario. Pero yo no
me refiero a eso poh, está rica, ¿cierto?, insiste el joven. No sé, intento ser
un profesional y no fijarme en esas cosas, respondo. Lo profesional no quita lo
caliente, me dice el niño en voz baja y se ríe con otro compañero.
La
profesora señala el objetivo de la clase, pide que saquen el libro del Mineduc
y el curso se pone a trabajar en las actividades ahí presentes. Karla ofrece un
Chocman como recompensa por el trabajo bien hecho. Eso me impresiona. Lo que me
sorprende más, es que le funciona, relativamente. El curso parece entusiasmarse
momentáneamente con la idea de ganarse el dulce, pero al avanzar la clase los
estudiantes pierden la concentración y empiezan a meter ruido. La profesora se
levanta y dice, me volví loca, me volví loca, a los tres primeros que terminen
les regalo un chupete y les marco el cuaderno con un timbre de color. ¿Y el Chocman?,
pregunta una niña. Eso lo reservo para el que trabaje más callado. Silencio
absoluto en la sala. Éxito total, el Chocman es el futuro. ¿Y el
constructivismo? Pasó de moda, al parecer.
La
profesora tiene que salir un momento y me deja con el curso. Es poco tiempo,
pero a los estudiantes les causa curiosidad este sujeto parado adelante. Un
alumno le bota el lápiz a una niña. La niña me dice que lo debo retar. Yo les
digo que tienen que aprender a solucionar sus diferencias conversando. La niña
insiste, “usted es profesor, ¿o no?”. Respondo que todavía no soy profesor, que
espero en algún momento llegar a serlo, pero todavía estoy estudiando. Es
cansador intentar poner orden. No me siento para nada seguro de mi rol de
autoridad en la sala. Los alumnos yo creo que se dan cuenta, será mi postura
corporal, mi tendencia a encorvarme o no poder controlar el temblor de mis
rodillas cuando me paro frente al curso, el punto es que todos saben que yo no
mando ahí. Un alumno se sube a la cortina, la utiliza a modo de liana y yo
imagino lo peor, el niño cayendo al piso, un río de sangre por los pasillos
hasta la puerta. Le digo que se baje, por favor, suplico, pero nadie me hace
caso. Saco unas pastillas que tengo en el bolsillo y las ofrezco como
recompensa para los primeros que guarden silencio. El curso se calla, los
estudiantes parecen meditar las opciones. La profesora entra, todos vuelven a
sus asientos y yo, a la seguridad de mi pupitre con una sola convicción: un
profesor en el sigo XXI debe andar con una caja de Chocman en el maletín. El
azúcar es el insumo didáctico por excelencia en la posmodernidad, algo que ni
Piaget ni Paulo Freire vaticinaron.
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