Practicante en acción

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martes, 20 de enero de 2015

El Chocman como herramienta pedagógica

En la mañana llego temprano. El director me saluda: hola, profesor. Se siente raro que alguien me diga, profesor. Se siente extraño andar con corbata y camisa, ni para los matrimonios me visto tan formal.  
Suena el timbre que indica el final del recreo. Todos los alumnos se forman en fila en el patio y esperan a que llegue el profesor para subir ordenados a sus salas. Destaca la figura de la Virgen María observándolo todo desde su altar. En el mismo patio, a metros de la Virgen, hay un taca-taca que se lleva toda la atención de los niños, relegando la figura de la madre de Dios a un segundo plano.
Entro a la sala de un primero medio con la profesora guía de mi práctica, Karla. Los niños parecen cercanos a la profesora, a quien molestan con el profesor de educación física, siempre se los ve juntos en los pasillos del colegio. Ella se pone coqueta, se sienta en la mesa y cruza las piernas. El niño que está sentado a mi lado me pregunta como encuentro a la profesora. Es muy dedicada en su oficio, le digo y me quedo pensando en lo ñoño de mi comentario. Pero yo no me refiero a eso poh, está rica, ¿cierto?, insiste el joven. No sé, intento ser un profesional y no fijarme en esas cosas, respondo. Lo profesional no quita lo caliente, me dice el niño en voz baja y se ríe con otro compañero.
La profesora señala el objetivo de la clase, pide que saquen el libro del Mineduc y el curso se pone a trabajar en las actividades ahí presentes. Karla ofrece un Chocman como recompensa por el trabajo bien hecho. Eso me impresiona. Lo que me sorprende más, es que le funciona, relativamente. El curso parece entusiasmarse momentáneamente con la idea de ganarse el dulce, pero al avanzar la clase los estudiantes pierden la concentración y empiezan a meter ruido. La profesora se levanta y dice, me volví loca, me volví loca, a los tres primeros que terminen les regalo un chupete y les marco el cuaderno con un timbre de color. ¿Y el Chocman?, pregunta una niña. Eso lo reservo para el que trabaje más callado. Silencio absoluto en la sala. Éxito total, el Chocman es el futuro. ¿Y el constructivismo? Pasó de moda, al parecer.

La profesora tiene que salir un momento y me deja con el curso. Es poco tiempo, pero a los estudiantes les causa curiosidad este sujeto parado adelante. Un alumno le bota el lápiz a una niña. La niña me dice que lo debo retar. Yo les digo que tienen que aprender a solucionar sus diferencias conversando. La niña insiste, “usted es profesor, ¿o no?”. Respondo que todavía no soy profesor, que espero en algún momento llegar a serlo, pero todavía estoy estudiando. Es cansador intentar poner orden. No me siento para nada seguro de mi rol de autoridad en la sala. Los alumnos yo creo que se dan cuenta, será mi postura corporal, mi tendencia a encorvarme o no poder controlar el temblor de mis rodillas cuando me paro frente al curso, el punto es que todos saben que yo no mando ahí. Un alumno se sube a la cortina, la utiliza a modo de liana y yo imagino lo peor, el niño cayendo al piso, un río de sangre por los pasillos hasta la puerta. Le digo que se baje, por favor, suplico, pero nadie me hace caso. Saco unas pastillas que tengo en el bolsillo y las ofrezco como recompensa para los primeros que guarden silencio. El curso se calla, los estudiantes parecen meditar las opciones. La profesora entra, todos vuelven a sus asientos y yo, a la seguridad de mi pupitre con una sola convicción: un profesor en el sigo XXI debe andar con una caja de Chocman en el maletín. El azúcar es el insumo didáctico por excelencia en la posmodernidad, algo que ni Piaget ni Paulo Freire vaticinaron.


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