Echo
de menos mi piocha, ando como perdido sin mi delantal. Son tiempos de paro, en
mi mente planifico clases que no sé si se realizarán alguna vez. Todas mis
clases imaginarias empiezan con un chiste corto: venía caminando al colegio y
me encontré con mi suegra, uf, mi suegra, es fea mi suegra, es tan fea que
cuando nació, el doctor la tiró al cielo y dijo, si vuela es murciélago y si
camina, ratón. Mmm… puede que tenga que renovar mi rutina.
En
consejo de curso falta más chiste corto, los muchachos se han mostrado un poco
tensos. El otro día el tema a tratar era La
alegría de la amistad y cuando entré a la sala había una niña agarrando a
patadas a su compañero. Mientras tanto, al fondo de la sala, un niño ahorcaba a
otro, con el brazo.
Busco
en el Marco para la buena enseñanza
del Mineduc alguna idea que me ayude a enfrentar este tipo de contingencias.
Hay un apartado que dice, “Creación de un ambiente propicio para el
aprendizaje: El profesor establece un clima de relaciones de aceptación,
equidad, confianza, solidaridad y respeto”. Parece una buena iniciativa, pero
en ninguna parte dice cómo lograr ese clima ideal.
Dejo
de lado el Marco para la buena enseñanza y
me dirijo al abusador, quien es más grande que yo y, eventualmente, podría
tirarme por la ventana. Suelta a tu compañero, dije. Pero si estamos jugando,
me respondió el niño matón, su compañero tosía y miraba el suelo. Me pongo en
medio de los dos y los separo a la fuerza, con los brazos. No es la forma más
elegante, pero no se me ocurre otra.
Luego,
voy al otro extremo de la sala, le digo a una niña que deje de patear a su
compañero. Me mira, sin dejar de tirar patadas, y me dice que no le está
pegando. Deja tranquilo a tu compañero, insisto. Si no le duele, responde ella.
En la clase sobre la amistad, me siento más un árbitro de combates “Todo vale”,
que un profesor.
Los
estudiantes ven un cortometraje, que habla del respeto mutuo, el amor
fraternal, etc. Un estudiante se acerca y a pito de nada me dice que va a traer
una metralleta porque quiere matar a todos sus compañeros. Primero, creo que
está hueviando. Le digo que siga viendo el video. Se pone más serio que antes y
reitera la idea de traer una metralleta. Me empiezo a asustar y mi primer
impulso es decirle que espere a que termine mi práctica para desatar su locura.
Pero después me acuerdo de mi tarea de formador y todo eso, le digo que si
tiene problemas hay otro tipo de caminos, como el diálogo basado en el respeto,
por ejemplo. La solución para mis problemas es una metralleta, me dice antes de
salir a recreo. No me parece una buena idea, respondo. Es la mejor idea,
insiste él y se va.
Algo
me dice que no se entendió el mensaje del cortometraje, probablemente haga
falta más de una clase para profundizar en La
alegría de la amistad.
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