¿Cómo solucionamos el
problema? Pregunta el profesor guía por teléfono. El celular del practicante
sonó a las once de la noche. El practicante no tenía registrado el número de su
profesor, ¿quién llamaba a esa hora?, él no lo sabía.
Había preparado un
discurso porque el profesor me dijo que el último día me tenía que despedir de
los alumnos. Me complicó el tema, no soy de palabra fácil. Pensé en preparar un
powerpoint con frases emotivas y dejar que pasaran las diapositivas en silencio,
pero me pareció muy frío, una mala salida y aborté el plan.
No hubo selfies con el
curso para el Facebook ni abrazos ni regalos. El practicante se despidió de
todo el mundo como cualquier otro día, con la mirada y un movimiento de cejas,
que es lo más parecido a no despedirse de nadie.
Había preparado un
discurso. Le pedí ayuda a mi padre, quién se enojó porque yo no sabía qué
mierda decirle a los alumnos en mi último día de práctica. Mi padre es
presidente de las junta de vecinos hace mucho tiempo, se le conoce como “el
concejal”, sin serlo, no solo no teme hablar en público sino que le fascinan
estas instancias, matrimonios, funerales, inauguraciones, despedidas, su
capacidad oratoria es muy solicitada en todo tipo de ceremonias, es por sobre
todo un animal de la esfera pública.
¿Cómo solucionamos el
problema? Pregunta el profesor. El teléfono suena mal. Ni practicante ni
profesor entienden la conversación. El celular del practicante es una basura,
su única utilidad es la de servir de alarma en la mañana. Yo me enfermé y no
puedo ir en toda la semana, ¿cómo lo hago para evaluarte?, pregunta el profesor
y el practicante no sabe qué responder.
¿Cómo te has sentido
con tus alumnos?, pregunta mi padre. Inseguro, tengo la sensación que no me
respetan mucho, sobre todo cuando me imitan cada vez que los hago callar. A
veces, cuando estoy hablando frente al curso y veo una ventana abierta, me dan
ganas de saltar hacia afuera y dejarme caer en el vacío. Omite eso en tu
discurso, sugiere mi padre.
¿Cómo solucionamos este problema?, insiste el
profesor y agrega: ¿tú puedes ir mañana o prefieres no asomar ni las narices
por el colegio? El practicante si fuera sincero diría que no quiere ir. Si el
practicante fuera ingenioso urdiría una mentira para no reemplazar a su
profesor guía. El practicante pensó que le quedaba un solo día de práctica y
ahora resulta que le queda una semana. El practicante lo único que quiere es
que la práctica termine. El practicante quiere decir que no, pero termina
diciendo que sí, que no hay problema, que para eso nacieron los practicantes,
para apoyar cuando hace falta.
Había preparado un
discurso de despedida. “Uf, hemos vivido tantas cosas juntos, será difícil
dejar de venir al colegio”, así empezaban mis palabras, mis mentiras, porque en
realidad, la experiencia no ha sido tan significativa ni para ellos ni para mí,
yo no me sé sus nombres, ellos no saben el mío y eso que está escrito en mi
piocha. Al final de la jornada no dije nada, me fui como cualquier otro día,
encorvado como un roedor por las orillas del pasillo.
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