Practicante en acción

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martes, 20 de octubre de 2015

Gabriela

Desde hace algunos días converso con un ente en Facebook que se hace llamar Gabriela, no tiene apellido ni foto de perfil ni amigos. Gabriela puede ser un virus computacional, un marino retirado de 75 años o la dependienta de la verdulería, no sé, puede ser cualquiera, aun así, confieso mis inquietudes y quimeras a eso llamado Gabriela.

Yo le pregunto a Gabriela: ¿Qué clase de valores voy a transmitir a mis estudiantes el día de mañana? Me gusta la cumbia villera, no soy especialista, pero ubico un par de grupos y se me pegan las canciones. Al principio, las encontraba graciosas y las cantaba sin mayor convicción. Ahora me parecen buenas y eso me preocupa. Los cantantes se enorgullecen de acostarse con las esposas de sus amigos, de aspirar pegamento, de robar para tener dinero y seguir drogándose. La situación no me inquietaría si me dedicara a otra cosa, pero estudio pedagogía y seré profesor algún día.

El virus computacional llamado Gabriela me dice que la cumbia villera no es algo que lo estremezca. Le digo que seguro no ha escuchado a Mala Fama y su hit Soy Mala Fama, cuyo estribillo dice más o menos así: Soy mala fama no tengo solución/ no me refugio ni corro como vos/ soy mala fama de alma y corazón/ no toca rejas como vos. Qué melancólico, eso si conmueve, eso si da gusto escuchar, qué canción más emotiva se sacó, responde Gabriela, virus computacional muy cínico al parecer.

Gabriela, el probable coronel en retiro llamado Gabriela, me habla a altas horas de la madrugada. Oiga, ¿por qué usted nunca tutea, por qué repite tanto la palabra OIGA?, pregunta el ente. Uf, es la pregunta más complicada que me han formulado en el último lustro, respondo y guardo silencio. Una hora después, agrego: De la misma manera en que la tesis en la que trabajo tiene un marco teórico (marco teórico que en realidad no tengo aún, yo pensé que era opcional, que la tesis era divagar sin llegar a ninguna conclusión satisfactoria) la vida cotidiana de cada uno de nosotros se rige por un personal marco teórico que gobierna nuestras acciones. En mi caso, dicho marco teórico se compone principalmente de baladas románticas, cumbias y tangos.
Gabriela, escuche, oiga, el gusto por decir, oiga, tiene directa relación con el tango, canciones como La Cumparsita, Pa que sepan como soy y Cambalache. Oiga, Gabriela, digo OIGA porque la cuestión es ser un seco y que te llamen señor, porque yo me hice en tangos, porque estoy atado al parpadeo de los semáforos y no dejo de moverme en el asfalto de la ciudad, digo OIGA porque amo la ciudad, las calles y edificios, las noches pobladas de mamíferos, digo, oiga, porque cuando pibe me acunaba en tango la canción materna pa' llamar el sueño y escuché el rezongo de los bandoneones bajo el emparrado de mi patio viejo. Digo OIGA porque soy soltero y hago lo que quiero.

Gabriela se despide, me abandona. Yo la entiendo, soy bloguero, las chicas o virus computacionales o coroneles en retiro se aburren pronto de nosotros. Porque el bloguero es el nuevo beatnik, sin trabajo estable ni horario fijo ni residencia. Porque en el siglo XXI recitar versos de William Blake a torso desnudo es considerado una tonterita. Porque invertí el poco dinero que tengo en comprar una chaqueta de cuero para verme mejor leyendo a  Lautréamont en la vía pública y me llamaron ridículo. Por eso me hice bloguero, Gabriela, para no despedirme como la gente, para decirte adiós con una entrada, único idioma que domino, la notificación y el comentario, mi única patria.


Oiga, Gabriela, ¿dónde venden zapatillas baratas?
No tengo idea, responde ella.
Le aviso que su conversación no me conmueve, dice Gabriela.
Oiga, mientras usted tiene frío en el corazón,
yo tengo frío en las patas, Gabriela, oiga,
¿dónde mierda venden zapatillas baratas?
 Su propuesta no me conmueve, insiste ella,
si no le gusta Sergio Dalma, nada más puedo hacer por usted,
respondo yo.
Oiga,
si no le gusta Juan Gabriel ni Chayanne ni Raphael,
nada más puedo hacer por usted.






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