Practicante en acción

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martes, 10 de marzo de 2015

Flaner


El profesor es una autoridad en la sala de clases, se debe hacer respetar. Practico la facultad de mandar y hacerme obedecer en el comedor de mi casa frente a mi mamá, mi hermana y un osito de peluche. Digo cosas como, ¡respeto!, ¡silencio!, ¡yo mando acá!, ¡soy profesor y soy la autoridad! Mi hermana se caga de la risa, mi precario don de mando no tiene ningún efecto en ella y mi madre me felicita sin mucha convicción. El osito es un peluche, está ahí para crear ambiente, es difícil tomarlo en cuenta como un indicador válido.
Me corté el pelo, me afeité, uso camisa y corbata, pero no logro dar con el resultado esperado. Más que verme como un adulto, me veo como un niño disfrazado de grande. Quiero verme como profesor, no como practicante. Es una pésima idea andar por la vida de practicante, no eres nada, ni estudiante ni profesional, de qué lado estás, no se sabe, nadie le cree al sujeto que está haciendo la práctica.
Busco en mi mente las estrategias educativas que he aprendido a lo largo del tiempo, relacionadas con el manejo de grupo. ¿Qué hice en estos años?, algo tiene que haber en mi memoria, que sea de utilidad para el oficio que abracé. Recuerdo estar tirado en los pastos de la universidad, hablando del flaner, concepto esquivo que nunca pude comprender muy bien, quizás, algo de eso me pueda servir ahora, en el ejercicio docente.
Todo flaner es vanguardia, pero no toda vanguardia es flaner, dice el Ampolleta. Monroy parece discrepar, plantea dudas con respecto a la veracidad del axioma. Debo decir que no sé a lo que se refieren con eso del flaner, admito yo, con cierta timidez. ¡Oiga, cómo no sabe eso! ¡Así no puede carretear con nosotros, no va a entender nada!, grita escandalizado el Ampolleta. Oiga, no pues, hay que llamar a un especialista en flanerí, agrega Monroy con determinación. Por suerte para mí, llega Pepe y Rodrigo, ambos son los mayores entendidos en la materia, quienes intentan explicar de qué va lo de ser flaner, hablan mucho, horas, Walter Benjamin, Baudelaire, Armando Rubio, Rodrigo Lira, Rimbaud, el instante y el delirio, los cigarros y el café, el flaner camina sin rumbo ni objetivo, abierto a las infinitas posibilidades que ofrece la ciudad. ¿Entiendes?, pregunta Rodrigo. Respondo que sí, que flaner es la persona que comúnmente se conoce como holgazán. ¡No, no, no!, chilla el Ampolleta. ¡Mal!, ¡pésimo!, grita Pepe. Vamos a tener que explicar todo de nuevo, pero vamos a buscar unas cervezas primero, sugiere Rodrigo. Sí, mejor, para que la explicación salga más flaner, agrega Monroy.
Recuerdo estar en el supermercado, muy nervioso, mientras mis camaradas se meten todo tipo exquisiteces en los bolsillos. Yo compro un botellón de vino y los espero afuera. Cuando volvemos a los pastos de la universidad, compartimos el botín, chocolate amargo, galletas, distintos tipos de queso, papas fritas y, cosa curiosa, mucho mazapán. Oiga, por qué tanto mazapán, pregunta el Ampolleta. Porque es muy flaner, responde Monroy. Todos coincidimos, incluso yo, que aún no entiendo la idea de flaner. Usted, qué robó, me preguntan. Intento desviar la conversación preguntando por qué no se tutean, por qué se tratan de usted. El flaner nunca tutea, el flaner es un caballero, me dicen. Usted, qué robó, insisten. Un botellón de vino, contesto. Oiga, no mienta, ese vino lo compró, yo lo vi, me dice Rodrigo. Oiga, por qué anda mintiendo, qué pretende, me reclaman los chicos flaner.
Recuerdo que quedé como poser, como mentiroso y cobarde frente a la comunidad flaner. Recuerdo que eso me preocupaba mientras buscaba un baño para cagar, el exceso de mazapán y vino tinto me había provocado una diarrea de aquellas. Recuerdo que no encontré baño en ninguna parte, la universidad estaba cerrando.
Recuerdo que ya era de noche cuando tomé la micro para volver a mi casa, las ganas de ir al baño se iban intensificando a medida que me acercaba a mi destino.  Me cagué una cuadra antes de llegar al departamento, esto es muy flaner, pensé en ese momento.

Todas estas experiencias, todo este capital cultural de alguna manera lo tengo que volcar en mi oficio, pienso, mientras estoy frente al curso. Porque si no, para qué ir a la universidad.

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