El
profesor es una autoridad en la sala de clases, se debe hacer respetar.
Practico la facultad de mandar y hacerme obedecer en el comedor de mi casa
frente a mi mamá, mi hermana y un osito de peluche. Digo cosas como, ¡respeto!,
¡silencio!, ¡yo mando acá!, ¡soy profesor y soy la autoridad! Mi hermana se
caga de la risa, mi precario don de mando no tiene ningún efecto en ella y mi
madre me felicita sin mucha convicción. El osito es un peluche, está ahí para
crear ambiente, es difícil tomarlo en cuenta como un indicador válido.
Me
corté el pelo, me afeité, uso camisa y corbata, pero no logro dar con el
resultado esperado. Más que verme como un adulto, me veo como un niño
disfrazado de grande. Quiero verme como profesor, no como practicante. Es una
pésima idea andar por la vida de practicante, no eres nada, ni estudiante ni
profesional, de qué lado estás, no se sabe, nadie le cree al sujeto que está
haciendo la práctica.
Busco
en mi mente las estrategias educativas que he aprendido a lo largo del tiempo,
relacionadas con el manejo de grupo. ¿Qué hice en estos años?, algo tiene que
haber en mi memoria, que sea de utilidad para el oficio que abracé. Recuerdo estar
tirado en los pastos de la universidad, hablando del flaner, concepto esquivo
que nunca pude comprender muy bien, quizás, algo de eso me pueda servir ahora,
en el ejercicio docente.
Todo
flaner es vanguardia, pero no toda vanguardia es flaner, dice el Ampolleta.
Monroy parece discrepar, plantea dudas con respecto a la veracidad del axioma.
Debo decir que no sé a lo que se refieren con eso del flaner, admito yo, con
cierta timidez. ¡Oiga, cómo no sabe eso! ¡Así no puede carretear con nosotros,
no va a entender nada!, grita escandalizado el Ampolleta. Oiga, no pues, hay
que llamar a un especialista en flanerí, agrega Monroy con determinación. Por
suerte para mí, llega Pepe y Rodrigo, ambos son los mayores entendidos en la materia,
quienes intentan explicar de qué va lo de ser flaner, hablan mucho, horas,
Walter Benjamin, Baudelaire, Armando Rubio, Rodrigo Lira, Rimbaud, el instante
y el delirio, los cigarros y el café, el flaner camina sin rumbo ni objetivo,
abierto a las infinitas posibilidades que ofrece la ciudad. ¿Entiendes?,
pregunta Rodrigo. Respondo que sí, que flaner es la persona que comúnmente se
conoce como holgazán. ¡No, no, no!, chilla el Ampolleta. ¡Mal!, ¡pésimo!, grita
Pepe. Vamos a tener que explicar todo de nuevo, pero vamos a buscar unas
cervezas primero, sugiere Rodrigo. Sí, mejor, para que la explicación salga más
flaner, agrega Monroy.
Recuerdo
estar en el supermercado, muy nervioso, mientras mis camaradas se meten todo
tipo exquisiteces en los bolsillos. Yo compro un botellón de vino y los espero
afuera. Cuando volvemos a los pastos de la universidad, compartimos el botín,
chocolate amargo, galletas, distintos tipos de queso, papas fritas y, cosa
curiosa, mucho mazapán. Oiga, por qué tanto mazapán, pregunta el Ampolleta.
Porque es muy flaner, responde Monroy. Todos coincidimos, incluso yo, que aún
no entiendo la idea de flaner. Usted, qué robó, me preguntan. Intento desviar
la conversación preguntando por qué no se tutean, por qué se tratan de usted.
El flaner nunca tutea, el flaner es un caballero, me dicen. Usted, qué robó,
insisten. Un botellón de vino, contesto. Oiga, no mienta, ese vino lo compró,
yo lo vi, me dice Rodrigo. Oiga, por qué anda mintiendo, qué pretende, me
reclaman los chicos flaner.
Recuerdo
que quedé como poser, como mentiroso y cobarde frente a la comunidad flaner. Recuerdo
que eso me preocupaba mientras buscaba un baño para cagar, el exceso de mazapán
y vino tinto me había provocado una diarrea de aquellas. Recuerdo que no
encontré baño en ninguna parte, la universidad estaba cerrando.
Recuerdo
que ya era de noche cuando tomé la micro para volver a mi casa, las ganas de ir
al baño se iban intensificando a medida que me acercaba a mi destino. Me cagué una cuadra antes de llegar al departamento,
esto es muy flaner, pensé en ese momento.
Todas
estas experiencias, todo este capital cultural de alguna manera lo tengo que
volcar en mi oficio, pienso, mientras estoy frente al curso. Porque si no, para
qué ir a la universidad.
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