Practicante en acción

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martes, 14 de abril de 2015

La isla de la reina muerte

Profesor, no se ofenda, pero usted parece de esas personas a las que les gusta leer, me dice un niño de 7° básico. El gusto por la lectura, para los niños, es motivo de vergüenza y humillación. La biblioteca es más un lugar de encuentro, una especie de cafetería con sillas cómodas, que un espacio de reflexión donde se cultiva el espíritu. A los estudiantes les cuesta tener un libro demasiado tiempo en sus manos, un gesto de asco empieza a aparecer en sus caras, cualquier cosa parece más atractiva que terminar el cuento que empezaron. Edgar Allan Poe, Robert Louis Stevenson, Chesterton, Cortázar, no importa, cualquier objeto con demasiadas letras parece un mierda para un adolescente en el colegio.
Profesor, usted me cae bien, me dice una niña en el pasillo. Otra niña se acerca, me pide que la abrace y estira sus manos hacia mí. Yo, muy nervioso, esquivo a las chiquillas y apuro el paso, la directora está mirando atenta la escena desde la escalera, no quiero que se malinterprete la situación. Sucede que para los niños, por algún motivo, soy como la mascota del curso. Cuando estoy sentado leyendo se acercan y me palmotean la espalda o la cabeza, como quien le hace cariño al gato en el living de su casa. En los recreos me ofrecen galletas, pastillas, estoy seguro que esperan que me ponga a ronronear o a jugar con un ovillo de lana, en cualquier momento llegan con un plato con atún y una caja con aserrín para que haga mis necesidades.
Profesor, las niñas se comportan como niños y los niños, como niñas, es un desafío este curso, me dice la profesora que me guía en la práctica de jefatura. Asiento con la cabeza, aunque no alcanzo a descifrar el sentido de lo que me quiso decir Beatriz, la profesora. Entramos a la sala de un 8° básico y ella se pone a retar a los cabros porque se portan mal, de seguir así, algunos se van a tener que ir del colegio, le informa al curso. Una niña responde que la educación es un derecho que se ganó con sangre, que nadie les puede quitar eso, acto seguido, sus compañeros aplauden de pie y la proponen de manera unánime como la nueva presidenta de curso. ¿Y el Mati?, pregunta alguien. Ese no tiene ni un brillo, responde otro desde el final de la sala. Todo el curso ríe, mientras, Mati, el actual presidente, mira cabizbajo la situación.
Estos niñitos están imposibles hoy día, hazte cargo tú, yo tengo que terminar de corregir unas pruebas, me dice Beatriz. Estamos en consejo de curso y se me ha encomendado que hable de la autodisciplina. Para ser sincero, no es un tema en el que haya reflexionado mucho a lo largo de la vida. Parto hablando de ellos, de la situación difícil que viven como curso, muchas anotaciones, muchos en peligro de expulsión, mucho desorden. Mi intervención se llena de términos propios de un video motivacional de youtube, fuerza de voluntad, persistencia, metas, valores, compromiso con uno mismo, respeto, todo eso. Como respuesta a mi performance, todo el curso me ha dejado de poner atención a los cinco minutos.
Profesor, mi mamá no me deja ver estos monitos, me dice un niño de la primera fila. Para motivar la reflexión traje unos videos, el primero es “Ikki en la isla de la reina muerte”, capítulo de Los Caballeros del Zodiaco, que habla de sacrificio, trabajo duro y todo eso, pero el niño sigue insistiendo, profesor, mi mamá no me deja ver estos monitos. La profesora me dice que es un alumno con asperger y que a veces se enoja con facilidad. Tú, no mires, le dice la profesora. El niño tapa sus oídos con la mano y mira el suelo, pero sus compañeros le sacan las manos de los oídos y se ríen,  mientras, Ikki relata sus peripecias en la isla de la reina muerte. Beatriz interviene, ordena que lo dejen tranquilo. Yo detengo el video. Luego, pongo un cortometraje animado de Pixar que me parece más amistoso, así todos lo pueden disfrutar y ver más tranquilos. El estudiante que antes tapaba sus oídos y miraba el suelo, ahora está feliz con los monitos, pero el resto del curso pifia, los niños me gritan que el video es fome. No sé cómo integrar a los estudiantes integrados, valga la redundancia.   

Profesor, así me llama la gente, pero siento que no soy digno de mi piocha.

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