Perdí
una carpeta con pruebas que tenía que revisar, la dejé en alguna parte, el baño,
la biblioteca, la sala, el quiosco, en algún lugar del colegio hay 37 pruebas
del 7°C esperando ser corregidas por mí, cuánto durará la espera, no lo sé,
quizás, para siempre.
¿Cuál
es el oficio ideal para alguien distraído o huevón? Necesito encontrar un
trabajo en el que pueda pensar siempre en otra cosa, algo mecánico y sin
consecuencias. No es el caso de la pedagogía, los niños son impredecibles,
sacan comentarios de la nada y uno no sabe qué contestar.
Profesor,
yo sé donde usted vive, me dijo un alumno el otro día. Ah, somos vecinos,
contesté. No, dijo él, mientras me miraba fijo y serio. ¿Me has estado espiando?,
pregunté. El resto de sus compañeros miraba expectante la escena, él sonrió
maliciosamente y siguió caminando por el pasillo. Los estudiantes ya saben que
yo reviso sus pruebas y han cambiado su actitud conmigo, ahora claramente soy
del bando enemigo.
No
sé si tendrá relación, pero esa misma semana me estaba duchando y alguien cortó
el agua de la casa en el jardín. La tarde siguiente, alguien movió algo en el
medidor de la casa y se cortó la luz. Ahora esto, cómo se me pierden las
pruebas. De la misma manera que se me quedan los lentes al salir de la casa,
supongo. Alguien que olvida la mochila en el maletero cuando viaja en bus no
debería extrañarse por este tipo de cosas.
Puede
que ande un poco perseguido, con la edad me he vuelto olvidadizo y paranoico.
Me están saliendo canas en el bigote y toso mucho con el viento helado de
Hualpén. Ando con pastillas de menta en el bolsillo, para cuando me pica mucho
la garganta en clases. No hay duda, estoy envejeciendo. El paso del tiempo es
inexorable, incluso para mí, que siempre me creí el eterno poeta adolescente,
el Arthur Rimbaud de Villa Acero.
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