Quédate
en mi departamento una semana, si quieres. Me dicen cuando llego a algún lugar.
El problema es que tengo problemas para medir el tiempo, la relatividad que le
llaman, Einstein y todo eso.
La
semana original se puede tranformar en seis meses de dormir en un sillón cama.
Cuando tengo algo de dinero, pago el almuerzo o alguna cuenta. También recuerdo
haber limpiado el baño y la cocina alguna vez, pero mi mayor aporte en la vida
consiste en pasar desapercibido, cosa que me sale bastante bien.
El
sillón cama donde duermo tiene una mancha de sangre que está seca, pero aún así
da un poco de asco. Cuando duermo hacia mi lado derecho, es lo primero que veo
al despertar. Samuel, el dueño del sillón, dijo que un amigo había dormido con
una niña que andaba con la regla y por eso el sillón había quedado así. Tapo el
círculo rojo con un cojín y pienso en otra cosa o no pienso en nada, aunque eso
ya es más difícil.
En
este departamento hay dos baños, uno está malo y es utilizado de bodega. A las
diez y media de la mañana, más o menos, del baño malo emana un olor a mierda
importante que cumple la función de despertador los fines de semana.
Miro
unos pedazos de pizza sobre la mesa. Me los ofrecieron ayer, pero dije que no,
que estaba bien, que había tomado una rica once, rica once que consistió en un
vaso de harina tostada con agua. Me acerco y siento el olor a queso, tomate y
orégano. Se abre la puerta del departamento, viene gente, cierro la caja de la
pizza rápido, como si me pillaran robando.
Me
duele la espalda. Cambié el sillón por un colchón inflable, pero perdió todo el
aire durante la noche y terminé durmiendo en el duro suelo. Probablemente la
gata le hizo un agujero. Camino por el living sin pantuflas y al dar unos pasos
siento la alfombra húmeda. En el lavamanos hay una fuga de agua que controlamos
con toallas y camisas viejas, pero parece que esta vez no fue suficiente.
Abro
la puerta de una pieza chica que no se abre nunca, debido a la gran cantidad de
cachureos que hay en ella cuesta mucho cerrarla, y saco dos bolsas de basura en
las que guardo mi ropa.
Abandono
este amable cuhitril y salgo en busca de otra madriguera, la mancha de sangre
se queda, el practicante se marcha.
Oh,
practicante, hipócrita practicante, qué tanto planificas si en la tarde no tienes
un techo para dormir. Practicante granuja, hipócrita practicante, no busques un
remedio para la melancolía ni la manera de secar tus calcetines mojados por la
lluvia en tus power point. Da igual si estás en Santiago o Hualpén, tus dos
bolsas de basura con planificaciones no conmueven corazones, así que yo vuelvo
a preguntar, qué tanto planificas, hipócrita practicante.
No
todos saben cantar, no todos pueden ser manzana y rodar a los pies de los demás, decía el colega
Esenín. Yo agregaría que no todos pueden ser pizarra y no todos saben divagar y
no todos saben ser practicantes por toda la eternidad y por sobre todo, no
todos saben llegar a la hora de once donde Reinaldo, hablar de Movimiento
Urbano Rural y al mismo tiempo llenar la panza con mermelada artesanal de
frutilla.
Qué
pretendes, granuja practicante, hablando de arte con el colega Reinaldo, si lo
único que está en tu mente es el manjar sobre el cuchillo y el cuchillo sobre
el pan tostado.
Qué
tanto planificas, hipócrita, si vas al cine y no entiendes Los Minions, cómo
esperas trabajar con Shakespeare o Cervantes.
Esta
es la suprema confesión que puede hacer un granuja o un practicante o un
granuja practicante.
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