Hay un libro que se
firma al entrar, y otro que se firma al salir, me dice mi profesora guía. No
recuerdo haber firmado ninguno de los dos, le digo. Ella pone cara de
preocupación. ¿Dónde están esos libros?, pregunto. En la entrada, al lado de la
secretaria, me dice y se tapa la cara con la mano, como diciendo: cómo tan
hueón este practicante que no sabe que hay que firmar antes de entrar y salir
del colegio.
Hay un horario para sacar
fotocopias, y otro para retirarlas, me dice la secretaria. Entiendo, le digo,
aunque en realidad, no entiendo nada, le pregunto si acaso puede hacer una
excepción porque las fotocopias son urgentes. La secretaria medita un momento.
Luego, me dice que en este colegio las cosas no andan al lote. Puedo sacar las
fotocopias yo, le sugiero. Me responde negativamente con la cabeza. En este
colegio hay una persona designada para ese trabajo, solo ella puede sacar las
fotocopias, me informa la secretaria. ¿Y quién es esa persona?, pregunto. Yo,
responde ella. Vuelve en un rato más, agrega.
Hay cuatro
alternativas, pero una sola es la correcta.
Hay una respuesta
verdadera, y otra falsa. La falsa se justifica, la verdadera, no.
Hay que escribir sobre
las líneas punteadas.
Hay que salir de la
sala en el recreo.
Hay un momento para
comer, y otro para dejar de comer.
En la sala el
estudiante participa, pero no demasiado.
En la vida se debe ser
feliz, pero no demasiado.
En la sala puedes estar
triste, pero con mesura.
No puedes gritar ni en
el patio ni en el pasillo ni en el baño. La desesperación no está alineada con
el currículum nacional de educación.
Ni la muerte ni el
amor, en el siglo XXI, son temas relevantes ni en el colegio ni en ninguna otra
parte.
¿Sabes cuál es tu
problema?, pregunta mi profesora guía. Me quedo en silencio y pienso en muchas
cosas. Nunca leí Rayuela ni Moby Dick, son muy largos, tengo un problema con
eso, si no puedes decir algo en cinco párrafos, dudo que lo vas a poder decir
en mil páginas, aunque la profesora creo que se refiere a otra cosa, no está
hablando de la dificultad que tengo al leer a los clásicos.
Hay un cajón donde se
guardan las fotocopias, ¿sabías eso?, pregunta la secretaria. Realizo un gesto
negativo con la cabeza. ¿Cómo no sabe eso?, se pregunta a sí misma. Miro la
corchetera sobre el escritorio, luego, un tazón. Quiero pegarle en la cabeza
con algo a mi interlocutora, evalúo nuevamente mis opciones. El tazón de loza
debe doler más, pero la corchetera parece un arma más sofisticada.
La secretaria se agacha
buscando el cajón. Sobre una repisa veo una pila de resmas de papel, sería tan
sencillo mover una resma y dejar que el resto caiga accidentalmente. El cajón
está con candado, me comunica la mujer. ¿Quién tiene la llave?, pregunto.
Ester, la bibliotecaria, pero no ha llegado, responde la secretaria. Y nadie
más tiene llave, agrego con incredulidad. No, responde ella.
¿Sabes cuál es tu mayor
falencia?, pregunta mi profesora guía. No he visto El ciudadano Kane, que para
muchos es la mejor película de la historia, pero no creo que la profesora se
refiera a eso. El año pasado me perdí el recital de Arcade Fire, mi grupo
favorito del último tiempo, pero tampoco creo que esté hablando de eso.
¿Sabes cuál es tu mayor
debilidad?, pregunta la profesora guía. Cuando juego fútbol, mi remate de media
distancia tiene poca potencia, tampoco voy muy bien al cabezazo, pero no creo
que la profesora hable de eso.
¿Sabes cuál es tu mayor
dificultad? Que soy un ser humano en el siglo XXI, un mamífero que despierta
con el pene erecto y no sabe por qué, un animal que no sabe cómo sobrevivir en
el mundo, pero estoy casi seguro que la profesora apunta hacia otra cosa.
¿Sabes lo que te hace
falta? Manejo de grupo, respondo. Sí, claro, dice ella. Yo sé que tu forma de
ser es así… se queda en silencio esperando que yo complete la oración, pero no
digo nada y dejo que encuentre algún sinónimo para matizar lo que piensa de mí,
esto es: huevón. Introspectivo, dice ella, silencioso, tranquilo, pero en este
oficio hay que imponerse, hay que hablar firme, hay que gritar. Tengo miedo que
te devoren, los alumnos te van a comer, me advierte. ¿Qué puedo hacer?,
pregunto. No sé, tampoco es algo que se aprenda en dos semanas ni en dos meses
ni en dos años ni en veinte.
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