Practicante en acción

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domingo, 16 de agosto de 2015

No es país para tímidos

Hay un libro que se firma al entrar, y otro que se firma al salir, me dice mi profesora guía. No recuerdo haber firmado ninguno de los dos, le digo. Ella pone cara de preocupación. ¿Dónde están esos libros?, pregunto. En la entrada, al lado de la secretaria, me dice y se tapa la cara con la mano, como diciendo: cómo tan hueón este practicante que no sabe que hay que firmar antes de entrar y salir del colegio.
Hay un horario para sacar fotocopias, y otro para retirarlas, me dice la secretaria. Entiendo, le digo, aunque en realidad, no entiendo nada, le pregunto si acaso puede hacer una excepción porque las fotocopias son urgentes. La secretaria medita un momento. Luego, me dice que en este colegio las cosas no andan al lote. Puedo sacar las fotocopias yo, le sugiero. Me responde negativamente con la cabeza. En este colegio hay una persona designada para ese trabajo, solo ella puede sacar las fotocopias, me informa la secretaria. ¿Y quién es esa persona?, pregunto. Yo, responde ella. Vuelve en un rato más, agrega.

Hay cuatro alternativas, pero una sola es la correcta.
Hay una respuesta verdadera, y otra falsa. La falsa se justifica, la verdadera, no.
Hay que escribir sobre las líneas punteadas.
Hay que salir de la sala en el recreo.
Hay un momento para comer, y otro para dejar de comer.
En la sala el estudiante participa, pero no demasiado.
En la vida se debe ser feliz, pero no demasiado.
En la sala puedes estar triste, pero con mesura.
No puedes gritar ni en el patio ni en el pasillo ni en el baño. La desesperación no está alineada con el currículum nacional de educación.
Ni la muerte ni el amor, en el siglo XXI, son temas relevantes ni en el colegio ni en ninguna otra parte.

¿Sabes cuál es tu problema?, pregunta mi profesora guía. Me quedo en silencio y pienso en muchas cosas. Nunca leí Rayuela ni Moby Dick, son muy largos, tengo un problema con eso, si no puedes decir algo en cinco párrafos, dudo que lo vas a poder decir en mil páginas, aunque la profesora creo que se refiere a otra cosa, no está hablando de la dificultad que tengo al leer a los clásicos.

Hay un cajón donde se guardan las fotocopias, ¿sabías eso?, pregunta la secretaria. Realizo un gesto negativo con la cabeza. ¿Cómo no sabe eso?, se pregunta a sí misma. Miro la corchetera sobre el escritorio, luego, un tazón. Quiero pegarle en la cabeza con algo a mi interlocutora, evalúo nuevamente mis opciones. El tazón de loza debe doler más, pero la corchetera parece un arma más sofisticada.
La secretaria se agacha buscando el cajón. Sobre una repisa veo una pila de resmas de papel, sería tan sencillo mover una resma y dejar que el resto caiga accidentalmente. El cajón está con candado, me comunica la mujer. ¿Quién tiene la llave?, pregunto. Ester, la bibliotecaria, pero no ha llegado, responde la secretaria. Y nadie más tiene llave, agrego con incredulidad. No, responde ella.

¿Sabes cuál es tu mayor falencia?, pregunta mi profesora guía. No he visto El ciudadano Kane, que para muchos es la mejor película de la historia, pero no creo que la profesora se refiera a eso. El año pasado me perdí el recital de Arcade Fire, mi grupo favorito del último tiempo, pero tampoco creo que esté hablando de eso.

¿Sabes cuál es tu mayor debilidad?, pregunta la profesora guía. Cuando juego fútbol, mi remate de media distancia tiene poca potencia, tampoco voy muy bien al cabezazo, pero no creo que la profesora hable de eso.
¿Sabes cuál es tu mayor dificultad? Que soy un ser humano en el siglo XXI, un mamífero que despierta con el pene erecto y no sabe por qué, un animal que no sabe cómo sobrevivir en el mundo, pero estoy casi seguro que la profesora apunta hacia otra cosa.

¿Sabes lo que te hace falta? Manejo de grupo, respondo. Sí, claro, dice ella. Yo sé que tu forma de ser es así… se queda en silencio esperando que yo complete la oración, pero no digo nada y dejo que encuentre algún sinónimo para matizar lo que piensa de mí, esto es: huevón. Introspectivo, dice ella, silencioso, tranquilo, pero en este oficio hay que imponerse, hay que hablar firme, hay que gritar. Tengo miedo que te devoren, los alumnos te van a comer, me advierte. ¿Qué puedo hacer?, pregunto. No sé, tampoco es algo que se aprenda en dos semanas ni en dos meses ni en dos años ni en veinte.  

  

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