El
amanecer del bloguero.
¿De dónde vinieron los centinelas?
Camino de la Torre Entel al Costanera Center
y de la Torre Movistar al Obelisco,
¿quién necesita la sombra de los monolitos?
Tomo la micro en el Portal Ñuñoa,
micro que finaliza su recorrido a metros del Portal
Lyon,
espero en los paraderos
la hora en que el sol aparece detrás de los obeliscos.
Las ganas de cagar, también vienen, lentamente,
mi organismo se inquieta ante la presencia de los
centinelas,
si tienen algo que decir, háganlo, hablen,
centinelas, monolitos y obeliscos,
tengo problemas para leer entre líneas
y demoro días en descifrar las indirectas.
¿Podremos escapar del abismo solo con mirar el
cielo?
Misión
Quiosco Rojo.
Se rumoreaba que mi profesor guía me buscaba.
Castillo me dijo: Oiga dé la cara,
Armando preguntó por usted.
Se rumoreaba que se esperaba un avance de mi tesis
a la brevedad.
Me asusté.
Avance, tesis, profesor guía. De dicha triada, nada
bueno puede salir.
Mi plan era el siguiente: dejar que Castillo hable,
Castillo, que nada tiene que ver con la tesis,
hablaría con Armando
yo al lado, espero en silencio, a la sombra de los
obeliscos,
Armando hablaría con Castillo de Fútbol, actualidad
nacional e internacional,
Armando hablaría del mismo y, un poco menos, de
Castillo.
La hora pasaría volando para Armando hablando de
Armando
y cuando se reparara en mi presencia, siempre
difusa,
ya sería muy tarde. Armando tiene que dar otra clase
y la conversación sobre la tesis se posterga,
el avance de tesis, muere junto con el atardecer en
el horizonte.
Pero Castillo no llega a la hora convenida,
se quedó dormido.
Por suerte soy bloguero,
siempre tengo un plan b: entrar al Pedagógico,
preguntar por Armando a gente estratégicamente
elegida,
gente que no sepa dónde ubicar a Armando,
no encontrar a Armando y escapar.
Pero Armando tuvo una genial ocurrencia,
impartir la última clase de la mañana afuera
y me encuentro con Armando en la plaza de Castellano.
No hay vuelta atrás, hicimos contacto visual y
camino en un puente sobre el abismo.
Acompáñame al quiosco, me dice Armando
y lo sigo, obediente, con la sensación de ser un
paciente
rumbo a la sala de operaciones.
El
quiosco infinito.
En el quiosco rojo, probablemente,
pasé más tiempo que en cualquier otro lugar
de la Universidad.
Resumen de mi vida académica:
mirar gente pasar desde una silla del quiosco
durante horas
día tras día
por años.
Hoy me afeité,
Utilizo el bigote que se suele ver en la Universidad
y ando con una chaqueta de mezclilla, modelo
clásico,
que según yo, me hace ver normal.
Pretendo verme como un hombre que sabe lo que hace
y acepto el café que me ofrece Armando,
le echo dos de azúcar y lo revuelvo,
cuido de no derramar nada en la mesa,
miro a los ojos
me rasco la barbilla
sonrío de vez en cuando.
Intento verme como un académico,
sonar y pensar como alguien racional es más difícil,
pero logro articular algunos monosílabos
palabras clave,
digo cosas como, fenomenología, qué nunca supe lo
que es
cito películas de Kubrick que no he visto
y libros de Nietzsche
que nunca leí.
He llegado al pináculo de mi evolución como
estudiante
y solo tengo paja en la cabeza.
Armando intenta explicarme algo,
habla sobre el
marco teórico y la metodología.
Yo sonrío,
cada tanto me rasco la barbilla
y miro a los ojos
cuando es necesario.
Hace tiempo que no retengo nada de lo que me dicen
y mi mente tiene por costumbre dejarme solo
para mandarse a cambiar a lugares lejanos.
“Somos hombres huecos
apoyándonos unos con otros
nuestras
voces secas, cuando
susurramos juntos
son suaves y sin sentido…
entre la idea
y la realidad
entre el movimiento
y el acto
la sombra cae…
así es como el mundo acaba
así es como el mundo acaba
así es como el mundo acaba
no con una explosión sino con un gemido”
¿Qué lugar tiene T.S Elliot en todo esto?
¿Los Hombres Huecos van en el marco teórico
o en la metodología?
No hay comentarios:
Publicar un comentario