1
El practicante entra en el café.
Polerón, rotas las dos mangas. Zapatillas, agujereadas, sin color. Barba,
despareja. Lentes, chuecos.
¿Dónde está el baño?, pregunta. Al fondo
a la izquierda, le responden.
El practicante no distingue la derecha
de la izquierda. Camina hacia el sector equivocado y tropieza con la mujer que
asea el lugar, él le sonríe, ella, no. Luego, se vuelve a equivocar de camino:
entra a la cocina, pregunta de nuevo por el baño.
Finalmente, da con el baño. Quiere
guardar su bolso en el casillero, pero no tiene cien pesos. Le pregunta a la
mesera si tiene monedas para cambiar por un billete. Él sonríe, ella, no.
Parado frente al urinario se da cuenta
que hay más gente alrededor. Se siente observado, intenta orinar y no puede.
Cae una gotita de su pene, dos gotitas, desiste, no sale nada más.
2
En la mesa, el practicante pide un
cortado grande. Escucha a una chiquilla, en otra mesa, hablar por teléfono. La
niña habla de ahorrar, que quiere comprar un departamento, que planea viajar en
vacaciones, que está contenta con su trabajo, pero le gustaría ganar un poco
más, que el yoga pilates le hace bien, pero quisiera bajar más de peso para
verse bien en el verano, es importante ahorrar, comunica de nuevo esa idea, va
a comprar un auto, se despide con esa certeza.
Probablemente la niña nunca vio Trainspotting,
probablemente, si la vio, no le gustó. Al practicante le gustó mucho Trainspotting,
quizás, demasiado. Cada vez que sale de su casa, el practicante escucha en su
cabeza, Lust for life, aunque solo esté comprando yogurt y plátanos en la
esquina, igual suena Iggy Pop en su cabeza, como si su vida fuera un desenfreno
total.
Quizás tendría que escuchar menos el
soundtrack de Trainspotting y menos a Luca Prodan y menos Leonard
Cohen.
Y más de la música que escucha la niña
que ahorra. ¿Qué música escucha la gente que considera importante ahorrar? ¿Qué
películas emocionan a alguien que hace yoga pilates para verse bien en verano?
Probablemente, no sea tan distinta a mí, piensa el practicante, yo igual me
sentiría más seguro con un abdomen más tonificado. Probablemente, no sea
demasiado tarde para ser normal.
Llega el café, taza no muy grande,
líquido tibio, en tres sorbos ya no queda nada. El practicante sigue con sed,
sigue con hambre. Hunde las manos en los bolsillos, pero solo encuentra papeles
con moco. Quizás, si escuchara otra música ahora tendría plata para comprar
algo de comer. Quizás, si viera otras películas sería otra persona. Pero cómo
dejar de escuchar el Perdedores Hermosos, si Luca Prodan se convierte en uno de
tus mejores amigos, no lo puedes abandonar tan fácil, si la voz de Leonard Cohen le hace
bien a tu espíritu por la noche, ya no lo puedes dejar atrás, la suerte está
echada. “Estrechez de Corazón” no se convierte en un himno por casualidad y Youtube
no te ofrece canciones de Johnny Cash por accidente, sino porque escuchas Folsom Prison Blues como un obseso.
3
El practicante anda con un libro,
mientras espera el café, lee la contratapa: “Los breviarios del Fondo de
Cultura Económica constituyen la base de una biblioteca que lleva la
universidad al hogar, poniendo al alcance del hombre o la mujer no especializados
los grandes temas del conocimiento moderno”.
La idea de llevar la universidad al
hogar, fascina al practicante, quien se ve como un hombre no especializado que
necesita conocer los grandes temas modernos. Siente que el Fondo de Cultura
Económica pensó en él, los breviarios le pertenecen, probablemente, le terminen
regalando toda la colección de breviarios algún día. La idea reconforta su
corazón.
El practicante se acerca a la caja y
extiende unas monedas que encuentra en su bolsillo. Son 1300 pesos, dice la
niña. El practicante se queda mirándola, le gusta el flequillo de la chiquilla,
se pregunta si será ramonera o rolinga, pero luego recuerda que, al igual que
el peronismo, eso solo existe en Argentina. La niña repite la suma que el
practicante debe cancelar, suma que no coincide con los doscientos pesos que
acaba de entregar. El practicante sigue
observando a la chiquilla, chiquilla que empieza a perder la paciencia. La niña
le gusta, el practicante, después de mucho cavilar, llega a esa conclusión.
Pero algo perturba su frágil estado emocional, por qué todas las niñas que
atraen su atención se parecen tanto entre sí, esa idea lo apuñala cual
cuchillada en el hígado. Se siente atado a un solo destino, se ve transportado
a un balcón frente al abismo. Sí, está claro que me atrae, pero por qué, el
practicante no tiene respuestas satisfactorias. La gente del local se enoja,
alguien comenta que, al parecer, el practicante está drogado. El practicante se
pone nervioso, al sacar el resto de las monedas, algunas caen al suelo. Sí,
está drogado, dice la niña de la caja a su colega.
El practicante toma su libro y se retira,
algo avergonzado, espera, sinceramente, que Los Breviarios del Fondo de Cultura
Económica sean una biblioteca de orientación y consulta con respecto a la
cultura de nuestro tiempo. El practicante así lo requiere.
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