Practicante en acción

Practicante en acción

jueves, 29 de octubre de 2015

Te sigo

Tengo miedo. Imagino a mi profesor guía (de la memoria que se supone estoy escribiendo) leyendo mis primeros avances y luego gritando: “¡No! ¡No! ¡Mal! No mienta, a quién quiere engañar. Usted ha estado cinco años en la universidad y no sabe nada. ¡Fuera de mi vista! Pero antes de salir, deje su piocha con la secretaria, porque sabe señor, usted no es digno de esa piocha”.
“Usted no es digno de su piocha”, me da pánico que alguien me diga eso. Yo amo mi piocha, yo necesito mi piocha, yo soy mi piocha. Por las noches abrazo mi piocha y me aferro a ella cual naufrago en la tormenta. Yo le canto a mi piocha y he llegado a ser tan plateado como ella.
Hoy iba a escribir, iba a trabajar en la memoria, porque eso es lo que soy, un memorista, voy a la biblioteca y en el mesón me dicen, “ah usted es memorista”, y a mí se me hincha el pecho de orgullo al tiempo que disimulo el rubor que aparece en mis mejillas mirando el suelo. “Sí, estoy trabajando en eso”, respondo. Me agrada esa respuesta por su ambigüedad, no digo, “estoy escribiendo mucho”, porque sería mentira, utilizo la palabra “trabajo” que puede involucrar más aristas de mi vida académica, como preparar café, revisar el mail, ir a comprar pan a la esquina, salir a caminar, etc, vida académica en el amplio sentido de la expresión.
Hoy, la idea era trabajar en la memoria, en un arranque de lucidez copié y pegué completa Temporada en el infierno, tiene que estar Rimbaud en el marco teórico, pensé, no importa que esté hablando de Lenguaje Cinematográfico, Rimbaud tiene que ir, y si está Rimbaud tiene que estar Baudelaire y si está Baudelaire tiene que aparecer Armando Rubio y si aparece Rubio cómo voy a dejar fuera a Teillier y si hablo de Teillier no puedo olvidar a Lihn y me siento mal por no haber citado aún a Rodrigo Lira y si estoy hablando de Lira por qué no seguir con Miguel bosé, Juan Gabriel, Charly García, Hector Lavoe, Carlos Gardel, Violeta Parra, Pixies, The Clash, Iggy Pop y si ya estoy citando a Iggy Pop, quizás, el marco teórico se me fue un poco a la mierda y tenga que empezar todo desde cero mañana.
En mis descansos de la tesis o memoria o como se llame la mierda que estoy haciendo, trauma final, por ejemplo, sería un nombre tentativo, quizás, demasiado sugerente, en los descansos de esta tortura me dejo llevar por el mayor invento del siglo XX, la internet, para ser más específico, Facebook.  En Facebook sigo a mucha gente, pero en especial a una. Con esa persona no he hablado nunca, pero sé que música escucha, los libros que ha leído, las películas que ha visto en la semana. Aparte de ser su amigo en Facebook, no tengo ninguna relación con ella, pero invierto mucho tiempo en mirar su perfil, más de lo que invierto en estar con mi familia o amigos de la vida, por decirlo de alguna manera, de la vida real.
Me gusta la chiquilla. Reviso su muro en Facebook, sus ocurrencias, los chistes que dice, los memes que comparte, las cosas a las que le da like. Cada tanto, repaso sus fotos, todas las épocas, es un ejercicio que me encanta, su etapa dark en el colegio, su evolución natural a la estética beatnik en la universidad hasta llegar a su apariencia sobria y sofisticada que cultiva en el trabajo.
Me encanta su sentido del humor. Me río solo en mi pieza y le celebro sus ocurrencias, solo, en mi pieza, siempre. Sigo con especial atención los eventos a los que, según Facebook, asistirá, siempre en mi pieza, escuchando la música que ella escucha, leyendo los libros que ella lee, siempre solo.
Este año he asistido a muchos eventos, a los que según Facebook, ella igual asistió, claro que yo no la vi en ninguno, excepto el fin de semana pasado, que coincidimos en el recital de Planta Carnívora. Llegué al lugar puntual, a las 11, pero no había nadie, ni siquiera los artistas. Luego, volví a las 12 y todavía estaban probando sonido. Como a las 1 y media llegué, nuevamente, con un amigo, pero ya había tocado la artista. Entramos igual al local y vi a la niña de Facebook apoyada en la barra. Pedimos unas piscolas con Vladimiro, mi amigo. Vladimiro empezó a hablar con Planta Carnívora, sin haberla escuchado cantar se lanzó a criticar el show. ¿Por qué no eres más como Gustav Mahler?, preguntó Vladimiro. Perdón, no sé de qué estás hablando, respondió Planta Carnívora. ¿Cómo te haces llamar artista y no has escuchado la segunda sinfonía de Mahler? ¿Qué mierda pretendes con eso?, inquirió Vladimiro. Permiso, dijo Planta Carnívora y se fue. ¿Viste eso?, los artistas de hoy no escuchan a Mahler, qué horror, me comentó Vladimiro. Mientras, yo avanzaba hacia la barra, asentía con la cabeza a las cosas que me decía Vladimiro, pero no escuchaba nada. Permiso, puedo colocar mi vaso acá, le pregunté a la niña de Facebook. Ella asintió con la cabeza y dijo: ya, bueno. Eso fue todo lo que hablé con ella. Luego, sus amigos llegaron y ella se fue del local. Yo me quedé hablando de Mahler con Vladimiro.
En un documental en Youtube sobre los potos, un estudioso de los potos decía algo que me parece encierra una profunda sabiduría: “Mirar un culo en la calle, es mirar algo que se aleja y mientras más se aleja, más perfecto nos parece”. Facebook nos da la oportunidad de mirar de lejos a la gente y completar la parte que falta con nuestros propios deseos, nuestros propios gustos, nuestros propios recuerdos, nuestra propia ética y estética. ¿Para qué relacionarte de cerca con alguien si puedes hacerlo de lejos? ¿Para qué elegir la realidad si puedes tomar la ficción?
  




martes, 20 de octubre de 2015

Gabriela

Desde hace algunos días converso con un ente en Facebook que se hace llamar Gabriela, no tiene apellido ni foto de perfil ni amigos. Gabriela puede ser un virus computacional, un marino retirado de 75 años o la dependienta de la verdulería, no sé, puede ser cualquiera, aun así, confieso mis inquietudes y quimeras a eso llamado Gabriela.

Yo le pregunto a Gabriela: ¿Qué clase de valores voy a transmitir a mis estudiantes el día de mañana? Me gusta la cumbia villera, no soy especialista, pero ubico un par de grupos y se me pegan las canciones. Al principio, las encontraba graciosas y las cantaba sin mayor convicción. Ahora me parecen buenas y eso me preocupa. Los cantantes se enorgullecen de acostarse con las esposas de sus amigos, de aspirar pegamento, de robar para tener dinero y seguir drogándose. La situación no me inquietaría si me dedicara a otra cosa, pero estudio pedagogía y seré profesor algún día.

El virus computacional llamado Gabriela me dice que la cumbia villera no es algo que lo estremezca. Le digo que seguro no ha escuchado a Mala Fama y su hit Soy Mala Fama, cuyo estribillo dice más o menos así: Soy mala fama no tengo solución/ no me refugio ni corro como vos/ soy mala fama de alma y corazón/ no toca rejas como vos. Qué melancólico, eso si conmueve, eso si da gusto escuchar, qué canción más emotiva se sacó, responde Gabriela, virus computacional muy cínico al parecer.

Gabriela, el probable coronel en retiro llamado Gabriela, me habla a altas horas de la madrugada. Oiga, ¿por qué usted nunca tutea, por qué repite tanto la palabra OIGA?, pregunta el ente. Uf, es la pregunta más complicada que me han formulado en el último lustro, respondo y guardo silencio. Una hora después, agrego: De la misma manera en que la tesis en la que trabajo tiene un marco teórico (marco teórico que en realidad no tengo aún, yo pensé que era opcional, que la tesis era divagar sin llegar a ninguna conclusión satisfactoria) la vida cotidiana de cada uno de nosotros se rige por un personal marco teórico que gobierna nuestras acciones. En mi caso, dicho marco teórico se compone principalmente de baladas románticas, cumbias y tangos.
Gabriela, escuche, oiga, el gusto por decir, oiga, tiene directa relación con el tango, canciones como La Cumparsita, Pa que sepan como soy y Cambalache. Oiga, Gabriela, digo OIGA porque la cuestión es ser un seco y que te llamen señor, porque yo me hice en tangos, porque estoy atado al parpadeo de los semáforos y no dejo de moverme en el asfalto de la ciudad, digo OIGA porque amo la ciudad, las calles y edificios, las noches pobladas de mamíferos, digo, oiga, porque cuando pibe me acunaba en tango la canción materna pa' llamar el sueño y escuché el rezongo de los bandoneones bajo el emparrado de mi patio viejo. Digo OIGA porque soy soltero y hago lo que quiero.

Gabriela se despide, me abandona. Yo la entiendo, soy bloguero, las chicas o virus computacionales o coroneles en retiro se aburren pronto de nosotros. Porque el bloguero es el nuevo beatnik, sin trabajo estable ni horario fijo ni residencia. Porque en el siglo XXI recitar versos de William Blake a torso desnudo es considerado una tonterita. Porque invertí el poco dinero que tengo en comprar una chaqueta de cuero para verme mejor leyendo a  Lautréamont en la vía pública y me llamaron ridículo. Por eso me hice bloguero, Gabriela, para no despedirme como la gente, para decirte adiós con una entrada, único idioma que domino, la notificación y el comentario, mi única patria.


Oiga, Gabriela, ¿dónde venden zapatillas baratas?
No tengo idea, responde ella.
Le aviso que su conversación no me conmueve, dice Gabriela.
Oiga, mientras usted tiene frío en el corazón,
yo tengo frío en las patas, Gabriela, oiga,
¿dónde mierda venden zapatillas baratas?
 Su propuesta no me conmueve, insiste ella,
si no le gusta Sergio Dalma, nada más puedo hacer por usted,
respondo yo.
Oiga,
si no le gusta Juan Gabriel ni Chayanne ni Raphael,
nada más puedo hacer por usted.






viernes, 9 de octubre de 2015

Señora Decana

Santiago, 09 de octubre 2015

Señora
Carmen Balart Carmona
Decana Facultad de Historia, Geografía y Letras
UMCE
Presente

Señora Decana:
Diego Alberto Vega Espinoza, alumno de la carrera de Licenciatura en Educación con mención en Castellano y Pedagogía en Castellano, saluda atentamente a usted y expone lo siguiente:
Que ingresó a la carrera el año 2011.
Que es soltero, ergo, hace lo que quiere.
Que además de ser soltero es bloguero y arquero, para ser más específico, tercer arquero.
Que el presente semestre trabaja en la Memoria de Título, pero sin mucha inspiración, siente que en vez de avanzar, retrocede.
Que hace varias semanas rebota perdido por los pastos de la Universidad, sin sala ni horario ni recreo.
Que pide libros en la biblioteca que no lee.
Que su única ocupación es olfatear libros viejos.
Que el motivo de su mal resultado académico se debe a constantes decaídas anímicas acontecidas durante el semestre, melancolía crónica que padece como consecuencia de haber pasado gran parte de su adolescencia bajo la influencia del Grunge: Nirvana, Elliott Smith, Mazzy Star y el Siamese Dream de Smashing Pumpkins. Señora Carmen, usted entenderá que es difícil volver a la rutina diaria después de escuchar la versión de Hallelujah de Jeff Buckley.
Que la psicóloga del Centro Médico de la universidad recomendó reguetón colombiano, pero el estudiante no entiende las letras. Luego de la evaluación pertinente  tanto la psicóloga como la médica que lo atendió sugirieron evitar la música indie pop, dando a entender que las problemáticas sufridas por el alumno se debían a las baladas tristes que acostumbra escuchar antes de dormir.
Que el estudiante ha vuelto a sus viejos hábitos de imitar a Iggy Pop frente al espejo, sin buenos resultados.
Que por la tarde se viste como Ziggy Stardust para ir a comprar el pan, sin buenos resultados.
Que al estudiante lo han dejado 4 veces plantado esta semana, por suerte, personas diferentes, por suerte, es bloguero y puede convertirlo todo en una publicación.
Que se le extendió una licencia médica por el lapso de una semana con el objetivo de encontrar un profesional que pudiese recomendarle música más alegre. No obstante, al no contar el Centro Médico de nuestra casa de estudios con profesionales de la melomanía y no poseer los  medios necesarios para atenderse en otra institución, le fue imposible llevar a cabo las recomendaciones médicas. Por lo cual, sus problemas persistieron, agravándose a medida que avanzaba el semestre.
Que las comedias románticas que el estudiante acostumbra ver no ayudan.
Que la versión de Orgullo y Prejuicio con zombies, quizás, no sea tan buena como parece.
No obstante, el estudiante se compromete a atender su salud mental debidamente durante el transcurso del año 2015, para así evitar situaciones como la que le acontece hoy en día.
Por lo anteriormente expuesto, solicita a usted tenga bien concederle la conmutación de la memoria de título por una tocata de Movimiento Urbano Rural, a realizarse el 21 de octubre en el vino de honor del Congreso De Estudiantes De Castellano. Para así poder ver realizado su anhelo de convertirse en profesor, labor a la cual desea dedicarse durante el resto de su vida.
Queda a la espera de su favorable acogida y se despide atentamente a usted



DIEGO ALBERTO VEGA ESPINOZA

lunes, 21 de septiembre de 2015

Impersonalidad o apersonalidad

Tu nombre es Francisco, ¿verdad?, pregunta la profesora guía, mientras mira la pauta de evaluación de la práctica profesional. No, Diego, responde el practicante. Oh, perdón, dice la profesora. Ella mira la pauta de evaluación, luego, mira al practicante. La mujer se rasca la cabeza, tose y acomoda su delantal. Después, mira la pauta de evaluación, luego, al practicante. La profesora abre su cartera, la cierra, la vuelve a abrir, mira la pauta de evaluación, mira al practicante. Espérame un poco, le dice al practicante y abandona la mesa.
Este es un templo del saber, señores, ustedes están en un santuario del conocimiento, le advierte el profesor a unos niños que se entretienen jugando con sus celulares en la biblioteca. El profesor guía se sienta al lado del practicante. Los niños siguen jugando con sus celulares, pero varias mesas más allá. La profesora guía regresa y se sienta al otro lado del practicante. Terminemos con este asunto, dice el profesor guía mirándome. La profesora guía asiente con la cabeza.
Yo soy el asunto que tiene que terminar hoy. En la práctica profesional tenía un profesor guía de la Especialidad y, para la práctica de Jefatura y Orientación, otra profesora. Ahora, estoy sentado en una mesa de la biblioteca con ambos. Los dos profesores me miran esperando que yo diga algo. Sonrío de manera nerviosa y trago saliva. Espero la evaluación de mi práctica en silencio, con la resignación del condenado frente al pelotón de fusilamiento.
En ningún momento te noté involucrado con los alumnos, dice la profesora de Jefatura y Orientación al practicante. Tienes que prestar atención a lo que te hablan los niños, aunque hablen puras estupideces, igual, por lo menos hay que poner cara de interesado, agrega la profesora. Otra cosa, agrega la docente, en este oficio hay que tener personalidad, hay que levantar la voz, yo nunca te vi pegar ni un grito a ti, como que te daba lo mismo lo que hicieran los chiquillos en clases. Yo no considero que tú seas tímido, le dice el profesor de la Especialidad al practicante, a mí me parece que lo tuyo es un caso de impersonalidad o apersonalidad. A qué se debe esta impersonalidad que manifiestas tú en la sala de clases, le preguntan al practicante. Por qué eres así, insiste la profesora guía, señalando con la mano de pies a cabeza al practicante.
Pienso que el problema es que no me han visto desenvolverme en las redes sociales, en Facebook, por ejemplo, soy amistoso y empático, le doy like a muchos estados. Reviso las fotos de mis amigas de Facebook, me toco mientras miro sus veraneos y sus viajes, se siente bien tocarse mientras ves la alegría genuina de chiquillas en bikini, lo que quiero decir con esto es que no soy indiferente a los demás, mi cara es inexpresiva eso es todo, pero para mi alma es un festín compartir con los demás. Omito mi reflexión sobre las redes sociales y luego de un largo silencio digo que soy un poco inexpresivo, que voy a trabajar ese aspecto.
Bueno, Diego, nosotros vamos a ir a almorzar ahora, autoevalúate con lápiz mina, anda llenando el puntaje, sugiere una calificación y después nosotros la corroboramos, dice el profesor guía. El practicante se queda solo en la mesa mirando los criterios de evaluación. “Conoce, respeta y promueve las reglas del establecimiento”, dice un aspecto a evaluar. Eso nunca lo hice, piensa el practicante. “Demuestra interés por construir relaciones profesionales con colegas e integrantes de la comunidad educativa”, “Demuestra manejo de grupo y resolución de conflicto de aula”, “Se expresa gestual y corporalmente en coherencia con las estrategias didácticas aplicadas”, no lo hice, no lo tengo y no lo hice. El practicante tiene que evaluar los aspectos con un 1, un 2 o un 3. Decide colocarse en todos un 3. Le da nota 7, lo piensa mejor y arregla los puntos para obtener un 6,5.
Busco a mis profesores, ambos firman de inmediato, dicen confiar en mi criterio. Luego, camino por todo el colegio recolectando timbres y firmas, voy donde la UTP, después donde la secretaria, por último, la directora revisa mis papeles. Me dice que no firma nada si el nombre de mi profesor guía no está completo. No sé su segundo apellido, informo a la directora. Acaso no tiene mamá, insiste ella. Pegunto a la secretaria si sabe el segundo apellido de mi profesor, luego, al auxiliar, después a otro profesor. Nadie sabe el segundo apellido de mi profesor. Vuelvo a la oficina de la directora, Manríquez, dice ella en voz alta sin despegar la vista de unos papeles. Anoto el apellido que faltaba, ella firma los papeles, le doy un beso en la mejilla y me quedo de pie mirándola. Que le vaya bien, me dice. Yo sigo inmóvil, de pie en la oficina, no puedo creer que no falte nada por timbrar.
El practicante guarda la carpeta con su evaluación en la mochila, con mucho cuidado, como un tesoro precioso. Al abrir la mochila, encontró una manzana. Un estudiante se la regaló en la mañana. Ese debería ser el criterio para evaluar la práctica, piensa el practicante, si tus estudiantes te regalan manzanas, apruebas.
   





domingo, 13 de septiembre de 2015

La despedida

¿Cómo solucionamos el problema? Pregunta el profesor guía por teléfono. El celular del practicante sonó a las once de la noche. El practicante no tenía registrado el número de su profesor, ¿quién llamaba a esa hora?, él no lo sabía.
Había preparado un discurso porque el profesor me dijo que el último día me tenía que despedir de los alumnos. Me complicó el tema, no soy de palabra fácil. Pensé en preparar un powerpoint con frases emotivas y dejar que pasaran las diapositivas en silencio, pero me pareció muy frío, una mala salida y aborté el plan.
No hubo selfies con el curso para el Facebook ni abrazos ni regalos. El practicante se despidió de todo el mundo como cualquier otro día, con la mirada y un movimiento de cejas, que es lo más parecido a no despedirse de nadie.
Había preparado un discurso. Le pedí ayuda a mi padre, quién se enojó porque yo no sabía qué mierda decirle a los alumnos en mi último día de práctica. Mi padre es presidente de las junta de vecinos hace mucho tiempo, se le conoce como “el concejal”, sin serlo, no solo no teme hablar en público sino que le fascinan estas instancias, matrimonios, funerales, inauguraciones, despedidas, su capacidad oratoria es muy solicitada en todo tipo de ceremonias, es por sobre todo un animal de la esfera pública.
¿Cómo solucionamos el problema? Pregunta el profesor. El teléfono suena mal. Ni practicante ni profesor entienden la conversación. El celular del practicante es una basura, su única utilidad es la de servir de alarma en la mañana. Yo me enfermé y no puedo ir en toda la semana, ¿cómo lo hago para evaluarte?, pregunta el profesor y el practicante no sabe qué responder.
¿Cómo te has sentido con tus alumnos?, pregunta mi padre. Inseguro, tengo la sensación que no me respetan mucho, sobre todo cuando me imitan cada vez que los hago callar. A veces, cuando estoy hablando frente al curso y veo una ventana abierta, me dan ganas de saltar hacia afuera y dejarme caer en el vacío. Omite eso en tu discurso, sugiere mi padre.
 ¿Cómo solucionamos este problema?, insiste el profesor y agrega: ¿tú puedes ir mañana o prefieres no asomar ni las narices por el colegio? El practicante si fuera sincero diría que no quiere ir. Si el practicante fuera ingenioso urdiría una mentira para no reemplazar a su profesor guía. El practicante pensó que le quedaba un solo día de práctica y ahora resulta que le queda una semana. El practicante lo único que quiere es que la práctica termine. El practicante quiere decir que no, pero termina diciendo que sí, que no hay problema, que para eso nacieron los practicantes, para apoyar cuando hace falta.

Había preparado un discurso de despedida. “Uf, hemos vivido tantas cosas juntos, será difícil dejar de venir al colegio”, así empezaban mis palabras, mis mentiras, porque en realidad, la experiencia no ha sido tan significativa ni para ellos ni para mí, yo no me sé sus nombres, ellos no saben el mío y eso que está escrito en mi piocha. Al final de la jornada no dije nada, me fui como cualquier otro día, encorvado como un roedor por las orillas del pasillo.

jueves, 27 de agosto de 2015

El hombre regadera

En la puerta dice “baño público”. Alumnos y apoderados, profesores y practicantes, funcionarios diversos, todos utilizan este baño. Imagino que hay más baños en el colegio, pero por algún motivo todos terminan acá, en la esfera pública de los inodoros.
La manilla para tirar la cadena es pequeña, el espejo es pequeño, el estanque es, también, pequeño, la barra de jabón en el lavamanos no se ha hecho más grande con el tiempo. No tiene ventana. A modo de ventilación, en la parte inferior de la puerta hay una rejilla que da al pasillo. Imposible cagar y pasar piola, y mi único proyecto de vida es pasar piola.
Es mi turno, cierro la puerta con llave. No alcanzo a sacar la tula afuera y ya están golpeando y preguntando si está ocupado. Saben que pasé recién, saben que llevo tiempo haciendo la fila, por qué no me dejan mear en paz. Me pongo nervioso, se me caen unas carpetas al piso mojado, prefiero pensar que es agua.
Siguen tocando la puerta. Intento concentrarme y pensar en otra cosa, pero no sale nada. Mijito, el baño es público, me recuerda una vieja afuera. Abro la llave del lavamanos, eso ayuda, el pichí comienza a salir, es un pichí denso, un concentrado de pichí, un pichí mañanero, por llamarlo de alguna manera. Miro al cielo y respiro aliviado, pero al bajar la mirada me doy cuenta que no es un chorro de pichí, son muchos y en distintas direcciones. Estoy meando en 360 grados, sin darme cuenta me he convertido en una regadera humana.
En el pasillo, camino más encorvado de lo normal, si avanzo rápido, creo que puedo disimular la mancha húmeda de mis pantalones. Me quedo al lado de la escalera, intento que un rayo de sol me pegue en el muslo, pero el sol de invierno no ayuda en las labores de secado.
Suena el timbre para volver a clases. Una niña observa la mancha de mis pantalones con curiosidad. Ella siempre es la primera en llegar a la sala. De hecho, nunca se aleja mucho, se queda todo el recreo al lado de la escalera o caminando sola por los pasillos. En su cara se asoma un poco de bigote, pero no es como el de Frida Kahlo, quiero decir que no es un bigote cool, es más bien un bigote frondoso y sin mucha forma, probablemente, la niña no se ha dado cuenta que apareció, probablemente, a la niña le gusta llevar bigote, quién sabe, yo igual no le he preguntado, ella no habla mucho con nadie.  
Profesor, ¿se meó?, pregunta un niño. No, es agua, respondo con una sonrisa nerviosa. Me siento al fondo de la sala, tapo mis pantalones con el delantal lo mejor que puedo y me cruzo de piernas. Le pido un poco de colonia a un alumno y me echo cáscaras de naranja en los bolsillos, con el objetivo de disimular el olor a meado, pero el resultado no es bueno.
Mi estrategia consiste en permanecer en un lugar, lo más quieto que pueda, hasta que alguien diga en voz alta que siente mal olor, en ese momento, camino hasta el otro extremo de la sala, así sucesivamente.
El curso trabaja en grupo, con ejercicios que pretenden desarrollar la empatía. Las actividades son del tipo: Le pegas un pelotazo en la cabeza a tu compañero, ¿qué haces?, mientes y dices que no fuiste o reconoces tu error y pides disculpas. Si la respuesta del estudiante es pedir disculpas, todos lo aplauden, mucho, mucho tiempo aplaudiendo el sentimiento de culpa.
Hay una niña llorando, le pregunto qué pasa, me dice que tiene problemas familiares. Está sola en una esquina de la sala, mientras el resto trabaja en los ejercicios para desarrollar la empatía. La niña con bigote no tiene grupo, trabaja sola, atrás, mientras el resto del curso desarrolla la empatía. El niño con asperger mira fijamente el vacío, mientras el resto, desarrolla la empatía. Yo escondo mi propio olor, pero el olor a orina rancia siempre se impone.


domingo, 16 de agosto de 2015

No es país para tímidos

Hay un libro que se firma al entrar, y otro que se firma al salir, me dice mi profesora guía. No recuerdo haber firmado ninguno de los dos, le digo. Ella pone cara de preocupación. ¿Dónde están esos libros?, pregunto. En la entrada, al lado de la secretaria, me dice y se tapa la cara con la mano, como diciendo: cómo tan hueón este practicante que no sabe que hay que firmar antes de entrar y salir del colegio.
Hay un horario para sacar fotocopias, y otro para retirarlas, me dice la secretaria. Entiendo, le digo, aunque en realidad, no entiendo nada, le pregunto si acaso puede hacer una excepción porque las fotocopias son urgentes. La secretaria medita un momento. Luego, me dice que en este colegio las cosas no andan al lote. Puedo sacar las fotocopias yo, le sugiero. Me responde negativamente con la cabeza. En este colegio hay una persona designada para ese trabajo, solo ella puede sacar las fotocopias, me informa la secretaria. ¿Y quién es esa persona?, pregunto. Yo, responde ella. Vuelve en un rato más, agrega.

Hay cuatro alternativas, pero una sola es la correcta.
Hay una respuesta verdadera, y otra falsa. La falsa se justifica, la verdadera, no.
Hay que escribir sobre las líneas punteadas.
Hay que salir de la sala en el recreo.
Hay un momento para comer, y otro para dejar de comer.
En la sala el estudiante participa, pero no demasiado.
En la vida se debe ser feliz, pero no demasiado.
En la sala puedes estar triste, pero con mesura.
No puedes gritar ni en el patio ni en el pasillo ni en el baño. La desesperación no está alineada con el currículum nacional de educación.
Ni la muerte ni el amor, en el siglo XXI, son temas relevantes ni en el colegio ni en ninguna otra parte.

¿Sabes cuál es tu problema?, pregunta mi profesora guía. Me quedo en silencio y pienso en muchas cosas. Nunca leí Rayuela ni Moby Dick, son muy largos, tengo un problema con eso, si no puedes decir algo en cinco párrafos, dudo que lo vas a poder decir en mil páginas, aunque la profesora creo que se refiere a otra cosa, no está hablando de la dificultad que tengo al leer a los clásicos.

Hay un cajón donde se guardan las fotocopias, ¿sabías eso?, pregunta la secretaria. Realizo un gesto negativo con la cabeza. ¿Cómo no sabe eso?, se pregunta a sí misma. Miro la corchetera sobre el escritorio, luego, un tazón. Quiero pegarle en la cabeza con algo a mi interlocutora, evalúo nuevamente mis opciones. El tazón de loza debe doler más, pero la corchetera parece un arma más sofisticada.
La secretaria se agacha buscando el cajón. Sobre una repisa veo una pila de resmas de papel, sería tan sencillo mover una resma y dejar que el resto caiga accidentalmente. El cajón está con candado, me comunica la mujer. ¿Quién tiene la llave?, pregunto. Ester, la bibliotecaria, pero no ha llegado, responde la secretaria. Y nadie más tiene llave, agrego con incredulidad. No, responde ella.

¿Sabes cuál es tu mayor falencia?, pregunta mi profesora guía. No he visto El ciudadano Kane, que para muchos es la mejor película de la historia, pero no creo que la profesora se refiera a eso. El año pasado me perdí el recital de Arcade Fire, mi grupo favorito del último tiempo, pero tampoco creo que esté hablando de eso.

¿Sabes cuál es tu mayor debilidad?, pregunta la profesora guía. Cuando juego fútbol, mi remate de media distancia tiene poca potencia, tampoco voy muy bien al cabezazo, pero no creo que la profesora hable de eso.
¿Sabes cuál es tu mayor dificultad? Que soy un ser humano en el siglo XXI, un mamífero que despierta con el pene erecto y no sabe por qué, un animal que no sabe cómo sobrevivir en el mundo, pero estoy casi seguro que la profesora apunta hacia otra cosa.

¿Sabes lo que te hace falta? Manejo de grupo, respondo. Sí, claro, dice ella. Yo sé que tu forma de ser es así… se queda en silencio esperando que yo complete la oración, pero no digo nada y dejo que encuentre algún sinónimo para matizar lo que piensa de mí, esto es: huevón. Introspectivo, dice ella, silencioso, tranquilo, pero en este oficio hay que imponerse, hay que hablar firme, hay que gritar. Tengo miedo que te devoren, los alumnos te van a comer, me advierte. ¿Qué puedo hacer?, pregunto. No sé, tampoco es algo que se aprenda en dos semanas ni en dos meses ni en dos años ni en veinte.