Practicante en acción

Practicante en acción

viernes, 8 de mayo de 2015

Tempus fugit

Perdí una carpeta con pruebas que tenía que revisar, la dejé en alguna parte, el baño, la biblioteca, la sala, el quiosco, en algún lugar del colegio hay 37 pruebas del 7°C esperando ser corregidas por mí, cuánto durará la espera, no lo sé, quizás, para siempre.
¿Cuál es el oficio ideal para alguien distraído o huevón? Necesito encontrar un trabajo en el que pueda pensar siempre en otra cosa, algo mecánico y sin consecuencias. No es el caso de la pedagogía, los niños son impredecibles, sacan comentarios de la nada y uno no sabe qué contestar.
Profesor, yo sé donde usted vive, me dijo un alumno el otro día. Ah, somos vecinos, contesté. No, dijo él, mientras me miraba fijo y serio. ¿Me has estado espiando?, pregunté. El resto de sus compañeros miraba expectante la escena, él sonrió maliciosamente y siguió caminando por el pasillo. Los estudiantes ya saben que yo reviso sus pruebas y han cambiado su actitud conmigo, ahora claramente soy del bando enemigo.
No sé si tendrá relación, pero esa misma semana me estaba duchando y alguien cortó el agua de la casa en el jardín. La tarde siguiente, alguien movió algo en el medidor de la casa y se cortó la luz. Ahora esto, cómo se me pierden las pruebas. De la misma manera que se me quedan los lentes al salir de la casa, supongo. Alguien que olvida la mochila en el maletero cuando viaja en bus no debería extrañarse por este tipo de cosas.   
Puede que ande un poco perseguido, con la edad me he vuelto olvidadizo y paranoico. Me están saliendo canas en el bigote y toso mucho con el viento helado de Hualpén. Ando con pastillas de menta en el bolsillo, para cuando me pica mucho la garganta en clases. No hay duda, estoy envejeciendo. El paso del tiempo es inexorable, incluso para mí, que siempre me creí el eterno poeta adolescente, el Arthur Rimbaud de Villa Acero.  



martes, 28 de abril de 2015

Judá Ben Hur

Judá Ben Hur en las galeras, un romano con dos martillos marca el ritmo, otro, con un látigo, camina por el pasillo y grita: “¡A todos ustedes se les condenó, les mantenemos vivos  para servir a esta nave, por lo tanto, remen y vivirán!”.
La educación chilena está muy Ben Hur. Avanzo por los pasillos de la sala, les digo a los estudiantes que saquen sus cuadernos y abran el libro de la asignatura. Profesor, así no, me dice una niña, hay que gritar y golpear la mesa, ¡saca tu cuaderno!, grita la alumna, mientras apunta la cara de su compañera con el dedo índice. Hay que demostrar autoridad, agrega la niña, mirándome con cara de locura y rabia.
No sé por qué, pero mientras estoy en la sala, recuerdo escenas de Nacido para matar, el sargento Hartman recibe a los reclutas: “Son solo vómito, la forma más baja de la tierra, son un montón de pedazos de mierda de cerdo. Yo soy muy duro y no van a quererme, pero mientras más me odien, más entenderán”
Chile se ha vuelto muy Kubrick o Kubrick era chileno, no sé, no lo tengo claro, el caso es que en el colegio, los niños exigen que el profesor grite, anote en el libro y llame al apoderado, están acostumbrados a eso y cuando no lo tienen, se desesperan.
Profesor, anótelo, anda con jeans y zapatillas, me dice un alumno respecto de su compañero. Profesor, mire, está comiendo, échela de la sala, grita una niña acusando a otra. Por algún motivo les gusta la represión y hacen lo posible por transformarme en un gendarme, es como si quisieran ser educados por las Fuerzas Especiales.

No quiero ser un hijo de puta, lo digo con todo respeto, la prostitución es un oficio respetable como cualquier otro, uno de los más antiguos, dicen los historiadores, me refiero a que no quiero andar con un látigo obligando a otro ser humano a desarrollar una tarea determinada, quiero ser amable, dulce y sensible, como la criatura delicada que soy, quiero que mi performance pedagógica se base en el chiste corto y la balada romántica, quiero más canciones de amor y menos represión, cómo va a ser tan difícil de conseguir.

sábado, 25 de abril de 2015

Váyanse o váyansen

Profesor, cómo se dice, váyansen o váyanse, me pregunta un estudiante mientras enciendo el computador. La profesora guía me dijo que hablara de la autoestima. Busqué material en youtube sobre el tema, elegí dos cortometrajes, le doy play al primero, trata de un ratoncito con las orejas grandes, todo el mundo se burla de él, pero logra ser feliz con la ayuda de un niño que también es orejón.
Profesor, cómo se dice, váyansen o váyanse, me pregunta a cada rato un alumno. Pido silencio al curso. Los niños están molestando a uno de sus compañeros, dicen que se parece al ratoncito del corto. Yo hablo de respeto, de ser conscientes, las palabras que decimos pueden afectar la sensibilidad de lo demás, mientras digo ese tipo de cosas, atrás, siguen molestando a un niño con el ratoncito del video. Exijo respeto por el compañero y pongo el otro video, mágicamente las luces y el movimiento de las imágenes silencian al curso.
Profesor, cómo se dice, vayánsen o váyanse, insiste el mismo niño. El curso ahora molesta a una compañera, dicen que se parece a la protagonista del video. El corto mostraba a una persona rompiendo un espejo, peleando con su propia imagen. La idea era reflexionar un poco, decir cosas como, es saludable sentir amor por uno mismo, hay que centrarse en las cosas positivas y seguir adelante, quería compartir ideas que leí en google  y me parecieron adecuadas.
Me cuesta Consejo de Curso. Me duele Consejo de Curso. ¿Quién mierda inventó Consejo de Curso? Recuerdo lo aprendido en mi clase de Orientación. La profesora nos pasó una guía titulada, Ejercicios de Comunicación en el aula, con muchas preguntas, ¿Quién es la persona que más ha influido en tu vida y por qué?, si pudieras convertirte en un animal, ¿en qué animal te convertirías? ¿por qué?, si un genio te concediera tres deseos, ¿qué le pedirías?, si tuvieras que llevarte a una isla desierta solo tres cosas, ¿qué te llevarías? Me costó responder el cuestionario, son preguntas difíciles. No aprendí a orientar en mi clase de Orientación y ahora sufro las consecuencias.   
Profesor, cómo se dice, váyansen o váyanse, me siguen preguntando. Sé que es una broma que le hacen los alumnos a los profesores, sé que debo ignorar la pregunta y seguir adelante, pero estoy ocupado tratando que un alumno no le rompa la cabeza a otro, con una silla. Se dice, váyanse, respondo. La profesora me mira desde el otro extremo de la sala, ¡No, no lo digas!, me grita. Demasiado tarde, la mitad del curso ya está fuera de la sala gritando y corriendo por los pasillos.
La inspectora nos ayuda en la amarga tarea de llevar a los niños de vuelta a la sala. Mi profesora guía le explica la situación, se incorpora la directora a la discusión, quien me recuerda que los estudiantes en práctica debemos ser un aporte en la sala de clases. Asiento con la cabeza y se me viene a la mente mi mochila en el suelo haciendo tropezar a la profesora guía, mis manos torpes dejando caer los parlantes de la profesora en la mesa, las veces que me he quedado dormido al fondo de la sala mientras ella explica algo y pienso que quizás deba trabajar un poco más eso de ser un aporte.

Entramos a la sala. Los niños vuelven a sus puestos. Un estudiante me pregunta, profesor, como se dice muéranse o muéransen. Muéranse, respondo yo. Todo el curso cae al suelo. La profesora me mira desde su asiento con los ojos muy abiertos, como diciendo, cómo tan huevón. Yo me encojo de hombros, siempre es posible ser un poco más huevón. 

martes, 14 de abril de 2015

La isla de la reina muerte

Profesor, no se ofenda, pero usted parece de esas personas a las que les gusta leer, me dice un niño de 7° básico. El gusto por la lectura, para los niños, es motivo de vergüenza y humillación. La biblioteca es más un lugar de encuentro, una especie de cafetería con sillas cómodas, que un espacio de reflexión donde se cultiva el espíritu. A los estudiantes les cuesta tener un libro demasiado tiempo en sus manos, un gesto de asco empieza a aparecer en sus caras, cualquier cosa parece más atractiva que terminar el cuento que empezaron. Edgar Allan Poe, Robert Louis Stevenson, Chesterton, Cortázar, no importa, cualquier objeto con demasiadas letras parece un mierda para un adolescente en el colegio.
Profesor, usted me cae bien, me dice una niña en el pasillo. Otra niña se acerca, me pide que la abrace y estira sus manos hacia mí. Yo, muy nervioso, esquivo a las chiquillas y apuro el paso, la directora está mirando atenta la escena desde la escalera, no quiero que se malinterprete la situación. Sucede que para los niños, por algún motivo, soy como la mascota del curso. Cuando estoy sentado leyendo se acercan y me palmotean la espalda o la cabeza, como quien le hace cariño al gato en el living de su casa. En los recreos me ofrecen galletas, pastillas, estoy seguro que esperan que me ponga a ronronear o a jugar con un ovillo de lana, en cualquier momento llegan con un plato con atún y una caja con aserrín para que haga mis necesidades.
Profesor, las niñas se comportan como niños y los niños, como niñas, es un desafío este curso, me dice la profesora que me guía en la práctica de jefatura. Asiento con la cabeza, aunque no alcanzo a descifrar el sentido de lo que me quiso decir Beatriz, la profesora. Entramos a la sala de un 8° básico y ella se pone a retar a los cabros porque se portan mal, de seguir así, algunos se van a tener que ir del colegio, le informa al curso. Una niña responde que la educación es un derecho que se ganó con sangre, que nadie les puede quitar eso, acto seguido, sus compañeros aplauden de pie y la proponen de manera unánime como la nueva presidenta de curso. ¿Y el Mati?, pregunta alguien. Ese no tiene ni un brillo, responde otro desde el final de la sala. Todo el curso ríe, mientras, Mati, el actual presidente, mira cabizbajo la situación.
Estos niñitos están imposibles hoy día, hazte cargo tú, yo tengo que terminar de corregir unas pruebas, me dice Beatriz. Estamos en consejo de curso y se me ha encomendado que hable de la autodisciplina. Para ser sincero, no es un tema en el que haya reflexionado mucho a lo largo de la vida. Parto hablando de ellos, de la situación difícil que viven como curso, muchas anotaciones, muchos en peligro de expulsión, mucho desorden. Mi intervención se llena de términos propios de un video motivacional de youtube, fuerza de voluntad, persistencia, metas, valores, compromiso con uno mismo, respeto, todo eso. Como respuesta a mi performance, todo el curso me ha dejado de poner atención a los cinco minutos.
Profesor, mi mamá no me deja ver estos monitos, me dice un niño de la primera fila. Para motivar la reflexión traje unos videos, el primero es “Ikki en la isla de la reina muerte”, capítulo de Los Caballeros del Zodiaco, que habla de sacrificio, trabajo duro y todo eso, pero el niño sigue insistiendo, profesor, mi mamá no me deja ver estos monitos. La profesora me dice que es un alumno con asperger y que a veces se enoja con facilidad. Tú, no mires, le dice la profesora. El niño tapa sus oídos con la mano y mira el suelo, pero sus compañeros le sacan las manos de los oídos y se ríen,  mientras, Ikki relata sus peripecias en la isla de la reina muerte. Beatriz interviene, ordena que lo dejen tranquilo. Yo detengo el video. Luego, pongo un cortometraje animado de Pixar que me parece más amistoso, así todos lo pueden disfrutar y ver más tranquilos. El estudiante que antes tapaba sus oídos y miraba el suelo, ahora está feliz con los monitos, pero el resto del curso pifia, los niños me gritan que el video es fome. No sé cómo integrar a los estudiantes integrados, valga la redundancia.   

Profesor, así me llama la gente, pero siento que no soy digno de mi piocha.

lunes, 30 de marzo de 2015

No soy nada sin mi piocha

No sé si me gusta el café porque estudié pedagogía o estudio pedagogía y por eso me gusta el café, lo cierto es que me gusta el café en demasía. Una de las cosas buenas del oficio de profesor es que te regalan café, pero para eso hay que tener acceso a la sala de profesores, privilegio que yo no gozo en este colegio, cosa curiosa porque en mi pre practica sí podía entrar, pero claro, era otro colegio, con otras reglas, se siente como ir retrocediendo, estoy involucionando en el oficio de tomar café gratis.
La sensación es extraña, uno se siente un tanto miserable, sentado en unas sillas afuera de la sala de profesores, viendo como los futuros colegas pasan con su sándwich y su café, mientras tanto, uno intenta poner la atención en otra cosa, los cordones de los zapatos, las murallas, el diario mural del pasillo, cosas no muy emocionantes, en realidad. La directora se me acercó un día y como adivinando mi angustia por un poco de cafeína me dijo que podía traer mi café de la casa o comprarlo en el quiosco. Yo asentí con la cabeza, el quiosco se lo pasa lleno y un termo con café en la mochila es un peso que no quiero cargar en mi delgada espalda de poeta mal alimentado.
Mi lugar fuera de la sala no está muy claro, soy alguien que no pertenece a ninguna parte vagando por los pasillos, y mi lugar dentro de ella, tampoco. Me paro a un costado de la sala y espero que el profesor se levante de la silla para sentarme en su escritorio un poco, las salas siempre están llenas, no hay muchos puestos vacíos donde sentarse. Mi labor en la sala se limita a borrar la pizarra y contar a los alumnos, cosa que hago pésimo porque soy malo para las matemáticas, siempre le doy números equivocados a mi profesor guía y él tiene que contar a los estudiantes de nuevo. Ahora último respondo consultas, Carlos, el profesor que guía mi práctica, le dijo a un curso que si tenían dudas con respecto a una actividad me las preguntaran a mí. Yo no sabía que los niños eran tan concretos en 7° y 8° básico, se lo toman todo muy al pie de la letra, me preguntan cosas como, cuánto calzo, qué equipo de fútbol me gusta, si es mucho trabajo dejarse el bigote, si me gustan los Transformers y qué pienso de Optimus Prime, qué me pareció la película Los Vengadores, me preguntaron sobre temas muy diversos, pero nada relacionado con la materia que trata el curso.
Al terminar la jornada intento pasar lo más rápido posible por afuera de la oficina de la directora para que no me rete por andar sin delantal ni piocha. Qué le voy a decir a los apoderados cuando me pregunten porque un hombre sin delantal ni piocha se pasea por los pasillos entre las niñitas, me dijo una mañana. Yo no supe qué contestar, nunca me lo había cuestionado, no sabía que el valor de un hombre radicara en su piocha.


miércoles, 18 de marzo de 2015

Hay que verse como profesor

El colegio que me consiguió la Universidad de Concepción para mi práctica profesional no tiene página web y nunca me dieron la dirección exacta, busqué información en internet y salen dos direcciones distintas. Son las 8:15 de la mañana, voy un poco atrasado, camino por calles de tierra y sitios eriazos hasta llegar a la primera dirección, entro y veo un caballo con un carretón, sacos de cemento en el suelo y varias carretillas. Algo me dice que esto no es lo que busco. Sigo mi viaje, un viejito que está regando me ayuda a encontrar el colegio. Me acerco, una jauría de perros descansa en la entrada del edificio, no me reciben de manera muy amistosa. Adentro, el lugar parece un consultorio, gente hace una gran fila para hablar con la persona de la recepción, espero mi turno al final. La decoración del lugar es curiosa, fotos de la Presidenta Bachelet se mezclan con imágenes de Nicanor Parra y Pablo Neruda. Fotos de Camiroaga, Don Francisco y Zamorano, no veo, pero andarían bastante bien con la línea estética.

Después de esperar de pie por 40 minutos, no hay asientos en ninguna parte, logro pasar a la oficina de la directora. Explico mi situación, soy alumno del pedagógico de Santiago, pero quiero hacer mi práctica profesional en Concepción, en la U de Conce van a supervisar mi trabajo y me mandaron a este colegio. La directora me dice que no ha llegado ninguna solicitud de práctica con mi nombre y que generalmente a los alumnos de la universidad los acompaña alguien que los presenta. Me mira en silencio con el ceño fruncido. Luego, me dice que las formalidades son importantes en la vida. Vuelvo otro día con esa carta, entonces, le digo. Eso tampoco le parece bien, prefiere solucionar el tema ahora. Cuántas horas te piden en la universidad, pregunta. Veinte, le digo, por responder algo, en realidad no tengo idea. Ella se queda pensando, mira sus manos sobre el escritorio. En este oficio hay que desarrollar la personalidad, me dice, acá hay más de mil alumnos y todos los cursos son bastante numerosos. Otra cosa importante, no se puede tocar a las niñitas, no se les puede tocar el pelito, no se les puede tocar el poto, como están las cosas hoy en día, no se les puede tocar el poto a las niñitas, reitera su idea la directora. Luego, me da los horarios y el nombre del profesor con el que voy a trabajar, me dice que me espera la próxima semana y que ya me tengo que ver como profesor, asiento con la cabeza, aunque no entiendo a qué se refiere con ese de verse como profesor, ¿hay que verse mal?, ¿vestirse fome?, ¿usar un mal corte de pelo?, no entiendo, pero digo que bueno. No se toca a las niñitas, me repite la directora antes de abrir la puerta, en estos tiempos no se les puede tocar el pelito, no se les puede tocar el poto a las niñitas. Bueno, le digo, y me retiro preocupado por el énfasis que ponía en el poto de las niñitas, ¿habrá muchos estudiantes de pedagogía que piensen que tocarle el poto a las niñitas es una buena idea? Espero que no. Espero que no sea algo personal conmigo, que no me haya encontrado cara de pervertido o algo así.

martes, 10 de marzo de 2015

Flaner


El profesor es una autoridad en la sala de clases, se debe hacer respetar. Practico la facultad de mandar y hacerme obedecer en el comedor de mi casa frente a mi mamá, mi hermana y un osito de peluche. Digo cosas como, ¡respeto!, ¡silencio!, ¡yo mando acá!, ¡soy profesor y soy la autoridad! Mi hermana se caga de la risa, mi precario don de mando no tiene ningún efecto en ella y mi madre me felicita sin mucha convicción. El osito es un peluche, está ahí para crear ambiente, es difícil tomarlo en cuenta como un indicador válido.
Me corté el pelo, me afeité, uso camisa y corbata, pero no logro dar con el resultado esperado. Más que verme como un adulto, me veo como un niño disfrazado de grande. Quiero verme como profesor, no como practicante. Es una pésima idea andar por la vida de practicante, no eres nada, ni estudiante ni profesional, de qué lado estás, no se sabe, nadie le cree al sujeto que está haciendo la práctica.
Busco en mi mente las estrategias educativas que he aprendido a lo largo del tiempo, relacionadas con el manejo de grupo. ¿Qué hice en estos años?, algo tiene que haber en mi memoria, que sea de utilidad para el oficio que abracé. Recuerdo estar tirado en los pastos de la universidad, hablando del flaner, concepto esquivo que nunca pude comprender muy bien, quizás, algo de eso me pueda servir ahora, en el ejercicio docente.
Todo flaner es vanguardia, pero no toda vanguardia es flaner, dice el Ampolleta. Monroy parece discrepar, plantea dudas con respecto a la veracidad del axioma. Debo decir que no sé a lo que se refieren con eso del flaner, admito yo, con cierta timidez. ¡Oiga, cómo no sabe eso! ¡Así no puede carretear con nosotros, no va a entender nada!, grita escandalizado el Ampolleta. Oiga, no pues, hay que llamar a un especialista en flanerí, agrega Monroy con determinación. Por suerte para mí, llega Pepe y Rodrigo, ambos son los mayores entendidos en la materia, quienes intentan explicar de qué va lo de ser flaner, hablan mucho, horas, Walter Benjamin, Baudelaire, Armando Rubio, Rodrigo Lira, Rimbaud, el instante y el delirio, los cigarros y el café, el flaner camina sin rumbo ni objetivo, abierto a las infinitas posibilidades que ofrece la ciudad. ¿Entiendes?, pregunta Rodrigo. Respondo que sí, que flaner es la persona que comúnmente se conoce como holgazán. ¡No, no, no!, chilla el Ampolleta. ¡Mal!, ¡pésimo!, grita Pepe. Vamos a tener que explicar todo de nuevo, pero vamos a buscar unas cervezas primero, sugiere Rodrigo. Sí, mejor, para que la explicación salga más flaner, agrega Monroy.
Recuerdo estar en el supermercado, muy nervioso, mientras mis camaradas se meten todo tipo exquisiteces en los bolsillos. Yo compro un botellón de vino y los espero afuera. Cuando volvemos a los pastos de la universidad, compartimos el botín, chocolate amargo, galletas, distintos tipos de queso, papas fritas y, cosa curiosa, mucho mazapán. Oiga, por qué tanto mazapán, pregunta el Ampolleta. Porque es muy flaner, responde Monroy. Todos coincidimos, incluso yo, que aún no entiendo la idea de flaner. Usted, qué robó, me preguntan. Intento desviar la conversación preguntando por qué no se tutean, por qué se tratan de usted. El flaner nunca tutea, el flaner es un caballero, me dicen. Usted, qué robó, insisten. Un botellón de vino, contesto. Oiga, no mienta, ese vino lo compró, yo lo vi, me dice Rodrigo. Oiga, por qué anda mintiendo, qué pretende, me reclaman los chicos flaner.
Recuerdo que quedé como poser, como mentiroso y cobarde frente a la comunidad flaner. Recuerdo que eso me preocupaba mientras buscaba un baño para cagar, el exceso de mazapán y vino tinto me había provocado una diarrea de aquellas. Recuerdo que no encontré baño en ninguna parte, la universidad estaba cerrando.
Recuerdo que ya era de noche cuando tomé la micro para volver a mi casa, las ganas de ir al baño se iban intensificando a medida que me acercaba a mi destino.  Me cagué una cuadra antes de llegar al departamento, esto es muy flaner, pensé en ese momento.

Todas estas experiencias, todo este capital cultural de alguna manera lo tengo que volcar en mi oficio, pienso, mientras estoy frente al curso. Porque si no, para qué ir a la universidad.