La bola de pelos está
más grande esta noche, es como un pasajero más del Metro de Santiago. La gente
le hace el quite, sin éxito, la pelusa gigante se acerca sin hacernos daño, por
alguna misteriosa razón, su presencia aterroriza a todo el mundo.
La bola de pelos se
detiene frente a mí, igual que las viejas con cartera que se paran a mi lado y
me miran fijamente para que les dé el asiento. Yo me quedo sentado, pero no es
que sea mal educado, no me paro de puro romántico que soy: el asiento es como
el corazón, no se entrega a cualquier persona porque una vez que se da no lo
puedes pedir de vuelta. No basta con pararse frente a mí, el asiento es algo
público, pero, al mismo tiempo, personal. El asiento es como el corazón, si
dejas que otro llegué a él, ya no lo puedes echar, no es llegar y dar el
asiento.
La bola de pelos del
Metro de Santiago tiene alma, entre las estaciones, se mueve y baila, si no
habla es porque no tiene ganas. Antes yo solo veía un montón de pelo humano rodar
por el piso. Ahora veo al ser humano escondido en la bola de pelos, que se ha
convertido en mi pasajero favorito.
¿Dónde duermen las
bolas de pelo del metro? ¿Solo viajan de noche, qué hacen durante el día? ¿Es
la misma bola de pelo paseando por todos los vagones o son varias, una especie
de gremio de bolas de pelo? ¿Qué comen las bolas de pelo? ¿Pagan pasaje normal
o tienen tarifa diferenciada? ¿Qué imagen tienen de mí las bolas de pelo, se
arrancan al verme tal como la gente se arranca de ellas? ¿Si le doy el asiento
a una bola de pelos, puedo darle también mi corazón, subpregunta, quedará mi
corazón lleno de pelusas?
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