Practicante en acción

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lunes, 11 de abril de 2016

La bola de pelos del Metro de Santiago

La bola de pelos está más grande esta noche, es como un pasajero más del Metro de Santiago. La gente le hace el quite, sin éxito, la pelusa gigante se acerca sin hacernos daño, por alguna misteriosa razón, su presencia aterroriza a todo el mundo.
La bola de pelos se detiene frente a mí, igual que las viejas con cartera que se paran a mi lado y me miran fijamente para que les dé el asiento. Yo me quedo sentado, pero no es que sea mal educado, no me paro de puro romántico que soy: el asiento es como el corazón, no se entrega a cualquier persona porque una vez que se da no lo puedes pedir de vuelta. No basta con pararse frente a mí, el asiento es algo público, pero, al mismo tiempo, personal. El asiento es como el corazón, si dejas que otro llegué a él, ya no lo puedes echar, no es llegar y dar el asiento.
La bola de pelos del Metro de Santiago tiene alma, entre las estaciones, se mueve y baila, si no habla es porque no tiene ganas. Antes yo solo veía un montón de pelo humano rodar por el piso. Ahora veo al ser humano escondido en la bola de pelos, que se ha convertido en mi pasajero favorito.
¿Dónde duermen las bolas de pelo del metro? ¿Solo viajan de noche, qué hacen durante el día? ¿Es la misma bola de pelo paseando por todos los vagones o son varias, una especie de gremio de bolas de pelo? ¿Qué comen las bolas de pelo? ¿Pagan pasaje normal o tienen tarifa diferenciada? ¿Qué imagen tienen de mí las bolas de pelo, se arrancan al verme tal como la gente se arranca de ellas? ¿Si le doy el asiento a una bola de pelos, puedo darle también mi corazón, subpregunta, quedará mi corazón lleno de pelusas?



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