En la calle me entregaron
un flyer, “Programa Adulto Mayor: Cursos y talleres”, dice con letras grandes y,
al lado, la foto de un anciano calvo me mira sonriente. Primero, me alarmo, en
qué momento dejé de ser público objetivo de preuniversitarios y karaokes y pasé
a ser un hombre mayor, muy mayor, de hecho, un Adulto Mayor, un sujeto al que
se le ofrecen volantes con fotos de viejitos pasándolo bien. Pero, después, leo
los talleres y me quiero puro jubilar para ser parte de este rango etario y
dedicar mi tiempo a temas como, “Dormir bien, vivir mejor: herramientas
prácticas para una buena calidad de sueño”, “La búsqueda de la verdad a través del género
policial” y mi favorito “La pregunta por dios: ¿por qué hay mundo y no hay nada?”
Camino, encorvado, como
un anciano, meo muy seguido, como un anciano, como lento y pienso lento y hablo
lento, como un anciano, prefiero tomar té y comer galletitas a trasnochar y
emborracharme, como un anciano, mi punto es, por qué chucha no puedo jubilar
todavía si es evidente que mi edad mental y mi disposición espiritual son las
de un anciano.
Fui a ver a Coldplay y
me molestaba el frío y el asiento duro y los gritos de la gente. Además, nos
entregaron una pulsera al ingresar que se iluminaba con diferentes colores
durante el show, cosa que también me molestó, no sabría explicar por qué. Había
fuegos artificiales, cosa que tampoco me agradó y globos de distintos tamaños y
colores y toneladas de papel picado y humo y todo eso me inquietó, bastante, no
me hizo sentir bien. Por algún motivo, había más instrucciones que para
cualquier otro recital, cosas como, “póngase la pulsera”, “espere a que se
encienda”, “cuando empiece el show eleve sus manos y disfrute del espectáculo”.
Sé que son indicaciones fáciles de seguir, pero eso no hace más atractiva la
escena, probablemente, lo haga más siniestra. Es como si Coldplay te obligara a
disfrutar. No me presionen para ser feliz, por favor.
Existe la posibilidad
de que no me guste pasarlo bien. Ayer fui a ver a Adrianigual a un local que se
llamaba Mambo o Mamba, no estoy seguro, no tenía letrero, tampoco nos cobraron
al ingresar, era como una casa grande, pero con un solo baño, quizás, había
otro más, yo solo vi uno, el punto es que estaba que me cagaba y la fila era
inmensa y si salía del local, al volver tenía que pagar, la gratuidad no es eterna
en el Mamba, así que me pasé la noche a puro peo y lo único que pensaba
mientras los demás bailaban y se frotaban en la pista era que quería volver a
mi casa, básicamente, a cagar y dormir, mis dos placeres favoritos. Mientras el
público coreaba canciones que hablaban de perderse en la noche y pasarlo bien y
drogarse y tener aventuras, yo solo quería un baño para mi uso personal y
sentarme en la taza y que nadie tocara la puerta, el mayor deseo un sábado por
la noche para mí es cagar tranquilo.
Y eso es todo lo que
tengo que decir sobre la pedagogía en esta ocasión.
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