Armadillo habla de sus
amores, Belén, también. América escucha, yo, igual. Berto parece inquieto, no
deja de jugar con su pañuelo, me mira serio, enojado, quizás, ¿por qué nunca
hablas de ti?, me pregunta. Todos hemos hablado de nuestras miserias, de lo que
vivimos en nuestros trabajos o con nuestras parejas, ¿tú, por qué no hablas?,
insiste Berto. ¿Por qué siempre estás como pa’ dentro?, agrega Belén. Habla
alguna hueá, se suma Armadillo. Al verme acorralado, América dice que solo soy
un poco más introvertido, que me dejen tranquilo. No es un ser humano, es como
si todo le fuera indiferente, grita Berto con desesperación.
Miro el pino navideño
del departamento y empiezo a pensar en la chiquilla que amaba la navidad. Ella
dice: ay, sí, sí, Diego, Mmm (en un tono agudo, demasiado alto, en mi humilde
opinión, que culmina con un gemido ahogado, mientras, me mira con los ojos
abiertos, más de lo normal, nunca había sentido esa mirada por parte de otro
ser humano, me perturba en demasía). Y sigue gritando y sigue gimiendo y yo
siento que mi performance sexual es demasiado mierda para tanta emoción. Mi
pene no está totalmente erecto y tengo muchas ganas de cagar, tomé mucho vino,
más de una botella, no estoy acostumbrado a eso. Intento conversar algo,
cualquier cosa, comunicarme de alguna manera con la chiquilla, ella murmura
algo, quiere que me quede a dormir. Me ubico a un lado de la cama, no duermo
nada, no entiendo como uno se puede sentir tan solo estando acompañado.
Se habla de parejas y
trabajo y yo no tengo ni lo uno ni lo otro, digo como disculpándome. Belén dice
que a veces se tropieza con mis fotos en Facebook y ve a una persona que no se
gusta a sí misma. La pizza ya está fría, un poco dura y me cuesta masticar, al
tragar me atoro, en la mesa todos me miran esperando que yo diga algo, puede
que tengas razón, le respondo a Belén. ¿Estás satisfecho en algún aspecto de tu
vida?, pregunta Berto. No sé a qué aspectos te refieres, le respondo yo. En el
plano sentimental, pregunta él. No, le digo yo. Luego, preguntan por el plano
estético, si acaso me agrada mi apariencia, si en el plano académico me siento
seguro y si tengo confianza en el futuro. Yo digo que no a todo, que no estoy
conforme en ningún sentido. Silencio en la mesa. Pero tienes sentido del humor,
eso es importante, me dice América a modo de salvavidas. No, se me atrofió el
sentido del humor junto con el sentido del buen gusto, respondo. Lo único que
me va quedando es una especie de sentido de la melancolía que he desarrollado
de tanto escuchar música en youtube, youtube me conoce, siempre me sugiere
buena música, youtube me hace sentir realizado, les comunico a mis camaradas
con un dejo de optimismo. Mis camaradas me miran en silencio sin un ápice de
complicidad.
Vuelvo caminando a mi
casa, todavía siento la pizza atorada en la garganta. Las luces de neón con
motivos de fin de año brillan en la oscuridad y yo pienso en la chiquilla que
amaba la navidad. Siempre me sentí extraño caminando a su lado, adecuando mi
ritmo al suyo, a veces me gusta caminar rápido, como con desesperación, otras
veces muy lento y quedarme pegado mirando algo por mucho tiempo, como los pesebres
a escala humana que ponen en las iglesias mormonas o en las municipalidades. Mirando
pesebres me dan ganas de ser ese niño acostado en su cunita, rodeado por sus
padres y animales.
A la chiquilla que
amaba la navidad no le gustaban ni los pesebres ni los pinos ni los viejos
pascueros ni los renos ni los duendes, por lo tanto, yo nunca supe que amaba la
navidad. Hasta que me pilló la navidad en su departamento y al despertar me
entregó una bolsa con regalos. Yo no le había comprado nada, pero mentí. Le dije
que su regalo estaba en el departamento donde vivía en esa época. Ella insistió
en acompañarme a buscarlo. Al llegar al departamento yo no tenía ninguna excusa
y me quedé sentado en mi cama mirándola. ¿Y mi regalo?, preguntó ella. No
respondí. ¿Olvidaste mi regalo, verdad?, me dijo con los ojos llenos de
lágrimas. No, está en otra parte y salí corriendo a comprar algo. Ella quedó
llorando en mi pieza. En el centro encontré todas las tiendas cerradas. Volví
al departamento sin nada y la chiquilla que amaba la navidad ya se había ido,
no quiso saber nada más de mí, pero al menos dejó la bolsa con regalos al lado
de mi cama.
No hay comentarios:
Publicar un comentario