Me
paro frente a la audiencia, intento parecer digno, oh, dignidad, siempre me has
sido tan esquiva, oh, maldita elocuencia, por qué no me socorres en mi eterno
balbucear. Ubicación, seguridad, encanto, en algún momento me fueron
arrebatados los dones para vivir en sociedad, aun así, vivo en sociedad, vivo
balbuceando, me caigo, las palabras que salen de mi boca se caen, las últimas
sílabas que pronuncio se pierden y nuestra performance se vuelve tan inexacta,
tan difusa, tan errática que por momentos pienso que es perfecta, que dimos con
algo glorioso, que nací para construir puentes colgantes hacia mis abismos más
queridos. Asómense al borde, ¿ven eso?,
eso que se parece al continente antártico, es mi mente, ¿y ese otro agujero
como el Gran Cañón?, oh, eso es mi corazón, pasen, por favor, bienvenidos a mi
alma.
De
pie frente al público, tal vez algo encorvado, como cayéndome, como no
soportando el peso de mi cabeza, como una rata que busca la húmeda oscuridad,
así me presento frente a mis pares y digo: “Bueno, primero informar que
Movimiento Urbano Rural cambió de nombre, ahora somos Sentimiento Urbano Rural,
con todas las consecuencias que está decisión acarrea para el arte de la banda
y, probablemente, para la escena artística nacional”.
El
público es en esencia, respetuoso. Nosotros, lo intentamos, queremos demostrar
respeto para con el respetable, pero empezamos mal, llegamos 40 minutos tarde,
la organización casi cancela nuestro show, pero el público es, en una palabra,
comprensivo y en otra, compasivo, porque cuando presento la misma canción dos y
hasta tres veces o cuando olvido la letra de las canciones o cuando repito
hasta el hartazgo el mismo paso de baile (mezcla de Delfín Quispe con Tom Waits)
o cuando canto una melodía en otro tono, todos, sin excepción, miran al suelo y
se muerden el labio inferior de la boca, lo que yo interpreto como una muestra
de respeto, no sé si hacia nuestro arte, quizás, hacia el patetismo que
encarnamos, tal vez, hacia el absurdo de nuestra existencia, pero de alguna
retorcida manera interpreto ese gesto inequívoco de vergüenza ajena, tan
presente en nuestro público, como una muestra de respeto para con el show que
propone Sentimiento Urbano Rural.
¿Cuál
es el escenario? No lo tengo claro, me paro en cualquier parte, intento bailar,
muevo las manitos, creo que eso también es bailar. Mientras estoy haciendo mis
cuestionables pasos de baile, sube hasta mis narices mi propio olor, un buqué
como de pudú, una oleada de mis aromas perturba mi frágil concentración, en vez
de pensar en las canciones, me preocupa que mi única tenida de ropa se esté
pudriendo, que sería bueno orearla de vez en cuando. Quizás, ha llegado el
momento de asumir que el desodorante se terminó, que el roll-on ya está seco,
que el antitranspirante me abandonó, que sería bueno tener en el bolsillo
lavanda o menta o poleo para disimular un poco el olor a aleta. Olor a aleta,
que si he de ser sincero, pienso que es parte del concepto Sentimiento Urbano
Rural, por lo tanto, andar hediondo es parte del concepto. Por suerte soy
artista conceptual, de otra forma, solo sería un hombre cuya característica
principal es el potente olor a culo y/o aleta que emana de sus ropas.
Reinaldo
ahora toca de pie, antes lo hacía sentado. Creo que eso es un paso adelante en
nuestra carrera, nos hace ver más jóvenes, somos una dupla más sexy, como Gepe
y Alex Adwandter. No debemos olvidar a Keko Yunge y Marcelo Barticciotto,
quienes en Viña tocaron sentados y el resultado no es bueno. Queríamos preparar
una coreografía, pero no nos dio el tiempo. Queríamos ser como los Backstreet Boys,
me gustaría ser Nick Carter, pero creo que soy más el Howie D de Sentimiento
Urbano Rural, como que no bailo mucho, mi voz es más bien común y mi outfit
deja mucho que desear, aun así, Somos Sentiemiento Urbano Rural y lo único que
queremos en la vida es ser maravillosos.
Reinaldo
está de pie y yo trato de bailar de manera sensual, pero yo no bailo mucho y
Reinaldo, tampoco. Ambos estamos cansados porque nos vinimos parados en la
micro a la hora de más calor. En el viaje, le pedí que me contara nuevamente la
historia de Van Gogh y Gauguin. Yo leí Cartas a Theo hace muchos años y no
recuerdo bien, él, en cambio, puede recitar pasajes de memoria, además, ha
invertido gran parte de su primera juventud en ver documentales sobre el tema. Reinaldo
parte citando a Oscar Wilde, me dice que difícilmente un artista de talento será
un agudo crítico de arte, ya que está absorbido por su propia obra. Gauguin
nunca apreció el genio de Van Gogh, de hecho lo corregía, quería que viera el
mundo más como Gauguin y menos como Van Gogh. Solo cuando empezó la fama de Vincent,
Gauguin empezó a hablar de su amigo en biografías y a pintar girasoles como enajenado,
insinuando que el delirio del amarillo sobre amarillo, que la pasión por los girasoles
era algo sugerido por él a Vincent, quien muere sin reconocimiento ni dinero ni
amigos ni otro refugio que los brazos de su hermano Theo. Sentimiento Urbano
Rural, en la micro, llega a la conclusión que odia a Gauguin, que hay que ser
más como Vincent, que hay que salir más seguido a mirar las estrellas en la
noche, que, quizás, no sea tan malo tocar una vez al año, tomando en cuenta que
Van Gogh nunca fue apreciado en vida, probablemente, sea parte de nuestra
naturaleza artística, puede que la miseria sea algo inherente a las mentes
poseídas por el amarillo sobre amarillo.
Mamá,
no soy un perdedor, soy como Van Gogh, solo que sin girasoles ni casa amarilla
ni pínceles ni colores. Papá, no soy un marginal, el arte es así, algo que,
probablemente, nunca tenga valor, pero es necesario que alguien se haga cargo,
que alguien dé la cara por la vanguardia en este mundo. Si Sentimiento Urbano
Rural no sale a ofrecer su corazón, entonces, ¿quién?
Mamá,
como ya es tradición, Sentimiento Urbano Rural se encargó de amenizar el vino
de honor del Congreso de Castellano. Es un momento de relajo de los estudiantes,
estudiantes que organizaron algo para otros estudiantes, sin una nota de por
medio ni beneficio tangible ni paga. Así debió ser el ejercicio académico en
sus orígenes, cuando la gente respondía a la certeza de la muerte, más que a la
necesidad de abrigo y comida, cuando no existían universidades ni colegios,
solo gente interesada en un mismo tema que se reunía a conversar, aventurando
ideas, compartiendo experiencias, delirando, por qué no, si así lo requería el
ejercicio de imaginar otras alternativas. Papá, un Congreso organizado por
estudiantes, quizás, sea el último vestigio de humanidad que va quedando en una
universidad, reunirse con otros seres humanos en torno a una inquietud
compartida y al mismo tiempo reflexionar y luego compartir lo que hay en tu
mente, ya no es un ejercicio tan común, ¿cómo me debería sentir al respecto?
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