Practicante en acción

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jueves, 31 de diciembre de 2015

Cuántos se han ido ya

“Tu mamá es tan vieja que hasta el pichí le sale arrugado”, dice el humorista a su compañero, quien responde, “y la tuya es tan vieja que se tira un peo y salen murciélagos”. Es año nuevo y me paseo por los canales de televisión abierta, iniciativa siempre arriesgada, sobretodo en esta fecha. Caigo en Kike Morandé, el programa hace un repaso de sus últimas 15 fiestas de año nuevo. Toda la gente hace el conteo clásico, 10, 9, 8…1, ¡Feliz año nuevo!, grita Morandé y todas las modelos lo abrazan, se ve el poto de las chiquillas muy cerca de la cámara y la cara de kike Morandé al fondo sonriente, con una botella tirando espuma en la mano, finalmente, empieza la música, “un año más que se va…”, luego todo de nuevo, pero al año siguiente, el conteo, Morandé gritando, las chiquillas abrazándolo, potos, tetas, Willy Sabor y “un año más que se va…”, veo esa secuencia repetida 15 veces seguidas y siento que algo pasa en mi interior, algo me duele, una herida se abre, algo sangra, mi alma, quizás.  
Estoy solo en el living, mi mamá se fue a acostar, mi hermana, también, todas las luces están apagadas, pero la televisión permanece encendida.
“Un año más, que se va,
un año más, cuántos se han ido.
Un año más, que más da,
cuántos se han ido ya”
En el 13 pasan una presentación antigua de Tommy Rey en Viña. Frases como “que más da” o “cuántos se han ido ya”, no son nada alegres. Y después no cambia mucho la canción, Tommy sigue martillando con ideas bien oscuras:
“Un año más, qué más da,
si has gozado también has sufrido,
si has llorado también has reído,
Un año más, qué más da,
cuántos se han ido ya”
Puede que Un año más sea la canción más triste jamás escrita en Chile, uno la baila sonriendo en matrimonios y fiestas de fin de año, pero si te detienes un poco en la letra resulta evidente que la persona que la escribió no lo estaba pasando muy bien, esa persona, probablemente, odiaba los años nuevos. Es curioso eso, que la canción ícono del hueveo en Chile esté compuesta en base a una dosis letal de ironía y cinismo.
Apago la televisión, que esta vez me dejó en un estado de profunda melancolía. Por suerte, en la mesa me espera un pack de libros, de esos que le suben el ánimo a cualquiera. Empiezo por Trópico de Capricornio, “No había nada que deseara hacer que no pudiese igualmente dejar de hacer. Incluso de niño, cuando no me faltaba nada, deseaba morir: quería rendirme porque luchar carecía de sentido para mí”. Puede que Henry Miller no sea la mejor opción esta vez, la televisión abierta me dejó algo dañado, ando un poco frágil, necesito algo más liviano. Tomo otro libro al azar, El Arte y La Muerte de Artaud, “¿Quién en el seno de ciertas angustias, en el fondo de algunos sueños, no conoció la muerte como una sensación destructora y maravillosa con la que nada puede compararse en el orden del espíritu? Esa angustia que se acerca y se aleja, cada vez más grande, cada vez más pesada… una suerte de ventosa pegada al alma, cuya aspereza corre hasta los últimos límites de lo sensible. Y el alma ni siquiera posee el recurso de quebrarse… La muerte no se satisface con tanta facilidad”. Pensándolo mejor, es posible que Artaud tampoco sea opción esta noche.
Quizás, lo mejor sea seguir el ejemplo de mi madre y acostarse temprano porque después de los fuegos artificiales mi casa vuelve a quedar oscura y en la calle solo se ve la luz de las sirenas de los pacos que pasan cada tanto y el único sonido que escucho es el de un bajo muy lejano y un coro de voces cantando Un año más, mientras me lavo los dientes, un año más, mientras me pongo pijama, un año más, mientras me meto a la cama.  


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