¿Qué se ama cuando se
ama, mi Dios: los neones rotos que brillan en la discoteca o el aserrín del
baño con olor a mierda? ¿La luz terrible en la pista de baile o los espejos de
la barra que reflejan la muerte?
¿Qué se para cuando se
me para, qué se mueve, qué se erecta, qué se hincha, qué revienta, qué recoge
los dedos de las patas antes de estallar, qué es eso: amor? ¿O todo es un gran
orgasmo, Dios mío? Todo es un espasmo incomprensible o, al menos, críptico,
para mí que no entiendo nada si no hay gatos de por medio.
Todo lo que sé acerca
del cortejo femenino, que es bastante poco, me lo ha enseñado Alondra, la gata
de mi familia en Santiago. Alondra me mira fijamente, en el momento exacto en
que le devuelvo la mirada ella me deja de mirar. Luego, vuelve a mirar
fijamente, me acerco para hacerle cariño, ella, arranca. A varios metros de
distancia se detiene, me mira fijamente, levanta la cola y me muestra el poto.
Bueno, las damas en bellavista, coquetean de manera muy similar. Uno sentado en
la barra, mirando su propio rostro pálido en los espejos de la pared, los
hielos derritiéndose en el vaso vacío y las damas mirando y dejando de mirar.
Si hay suerte, ofrecen una visión privilegiada de su culo. ¿Qué hacer:
responder a la invitación o seguir sentado en la barra en compañía de tu pálido
reflejo?
Es llamativo el lenguaje
que se habla con el culo, a mí no se me da muy bien. Pero algo me dice que el
lenguaje tradicional, el de las palabras, tampoco me va. ¿Te han diagnosticado
alguna condición mental?, me dice una chiquilla. No me preocuparía, pero,
últimamente, me hacen seguido esa pregunta. ¿Cómo una enfermedad?, le digo yo, por decir
algo, por ganar tiempo. Sí, responde ella y agrega que no es por molestar, es
solo curiosidad. Yo le digo que no, pero como nunca he ido al siquiatra, no sé
si estoy sano o solamente soy una persona pobre que no se ha dado cuenta que
está loca.
La conversación se
diluye, probablemente, yo me diluyo también. Pensé que la conversación estaba
buena. Se hablaba de los Van Gogh, de Vincent y su relación con Theo. En la
vida hacen falta más Theos, decía yo y salivaba y gesticulaba y daba vuelta los
vasos de cerveza. ¿Por qué no hay más Theos en el mundo?, gritaba yo echado
sobre la mesa. La chiquilla miraba, cada vez más lejos, cada vez más
silenciosa. Luego, se habló de la casa amarilla, del hijo de puta de Gauguin que nunca apañó a Vincent y yo estaba
casi llorando porque imaginaba a Vincent solo en la casa amarilla. Artaud, le
dije a la niña, pero la niña, a esas alturas, solo miraba su celular. Artaud lo
sabía, siempre lo supo, todos necesitamos nuestro Theo, gritaba yo escupiendo
cerveza. Empecé a tararear “A Starosta, el idiota”, ya nada puedo hacer por él,
él se quemará mirando al sol y es esta la historia del que espera para despertaaaaaaaaaar,
vámonos de aquí, mientras le dedicaba estos versos a Theo, que de seguro los
pensó antes que Spinetta, la niña pregunta: ¿Te han diagnosticado alguna
condición mental? En ese momento, tuve la certeza que el lenguaje tradicional
me cuesta tanto como el lenguaje del culo. Es imperioso buscar una tercera
alternativa. Es imperioso construir la casa amarilla. Como te quiero Theo.
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