Practicante en acción

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jueves, 3 de diciembre de 2015

¿Qué se ama cuando se ama?

¿Qué se ama cuando se ama, mi Dios: los neones rotos que brillan en la discoteca o el aserrín del baño con olor a mierda? ¿La luz terrible en la pista de baile o los espejos de la barra que reflejan la muerte?
¿Qué se para cuando se me para, qué se mueve, qué se erecta, qué se hincha, qué revienta, qué recoge los dedos de las patas antes de estallar, qué es eso: amor? ¿O todo es un gran orgasmo, Dios mío? Todo es un espasmo incomprensible o, al menos, críptico, para mí que no entiendo nada si no hay gatos de por medio.
Todo lo que sé acerca del cortejo femenino, que es bastante poco, me lo ha enseñado Alondra, la gata de mi familia en Santiago. Alondra me mira fijamente, en el momento exacto en que le devuelvo la mirada ella me deja de mirar. Luego, vuelve a mirar fijamente, me acerco para hacerle cariño, ella, arranca. A varios metros de distancia se detiene, me mira fijamente, levanta la cola y me muestra el poto. Bueno, las damas en bellavista, coquetean de manera muy similar. Uno sentado en la barra, mirando su propio rostro pálido en los espejos de la pared, los hielos derritiéndose en el vaso vacío y las damas mirando y dejando de mirar. Si hay suerte, ofrecen una visión privilegiada de su culo. ¿Qué hacer: responder a la invitación o seguir sentado en la barra en compañía de tu pálido reflejo?
Es llamativo el lenguaje que se habla con el culo, a mí no se me da muy bien. Pero algo me dice que el lenguaje tradicional, el de las palabras, tampoco me va. ¿Te han diagnosticado alguna condición mental?, me dice una chiquilla. No me preocuparía, pero, últimamente, me hacen seguido esa pregunta.  ¿Cómo una enfermedad?, le digo yo, por decir algo, por ganar tiempo. Sí, responde ella y agrega que no es por molestar, es solo curiosidad. Yo le digo que no, pero como nunca he ido al siquiatra, no sé si estoy sano o solamente soy una persona pobre que no se ha dado cuenta que está loca.
La conversación se diluye, probablemente, yo me diluyo también. Pensé que la conversación estaba buena. Se hablaba de los Van Gogh, de Vincent y su relación con Theo. En la vida hacen falta más Theos, decía yo y salivaba y gesticulaba y daba vuelta los vasos de cerveza. ¿Por qué no hay más Theos en el mundo?, gritaba yo echado sobre la mesa. La chiquilla miraba, cada vez más lejos, cada vez más silenciosa. Luego, se habló de la casa amarilla, del hijo de puta de  Gauguin que nunca apañó a Vincent y yo estaba casi llorando porque imaginaba a Vincent solo en la casa amarilla. Artaud, le dije a la niña, pero la niña, a esas alturas, solo miraba su celular. Artaud lo sabía, siempre lo supo, todos necesitamos nuestro Theo, gritaba yo escupiendo cerveza. Empecé a tararear “A Starosta, el idiota”, ya nada puedo hacer por él, él se quemará mirando al sol y es esta la historia del que espera para despertaaaaaaaaaar, vámonos de aquí, mientras le dedicaba estos versos a Theo, que de seguro los pensó antes que Spinetta, la niña pregunta: ¿Te han diagnosticado alguna condición mental? En ese momento, tuve la certeza que el lenguaje tradicional me cuesta tanto como el lenguaje del culo. Es imperioso buscar una tercera alternativa. Es imperioso construir la casa amarilla. Como te quiero Theo.












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