Al igual que el hermano
de Mañalich, tengo debilidad por la gratuidad. Debe ser porque al igual que el
hermano de Mañalich, llevo una vida muy austera. Vladimiro me dice que hay un
evento gratis, apaño le digo yo. Después leo la descripción del evento que
incluye música electrónica experimental y no me gusta la música electrónica ni
la experimentación de ningún tipo, además, habrá juegos de supernintendo y
nunca tuve supernintendo, también se señala que será una instancia para conocer
personas nuevas y no me gusta conocer personas nuevas, de hecho, me cuesta
mucho relacionarme con las personas antiguas.
La casa tiene varias
piezas, hay una exposición de cuadros a la entrada, están bonitos, mucho
amarillo patito y palo rosa, me encanta eso, como crítico de arte haría unas
críticas escuetas, pero intentando ser preciso, certero, algo como, miro el
cuadro, me gustan los colores, podría mirar esto mucho tiempo, toda la vida,
quizás, a disfrutar del arte, camaradas. Pero esta noche no ando de crítico,
todo lo contrario, intento irradiar cordialidad.
En la pieza destinada
al supernintendo me ofrecen participar de un juego de pelea. Presiono todos los
botones juntos, pero mi rival me come y me escupe y eso me quita mucha energía
y muero, no puedo evitar sentirme mal por mi desempeño como gamer, pido la
revancha, me la dan, vuelven a comerme y a escupirme, vuelvo a perder. Me
siento en un sillón y me limito a mirar como otros juegan. ¿Qué estoy haciendo
acá?, me pregunto y no me gusta que ideas de ese tipo vengan a mi mente, no me
gusta llegar a un lugar y querer irme a los 5 minutos.
Luego, empieza la
música y llega más gente, son personas con las que he coincidido en otras
exposiciones de arte, Vladimiro siempre está muy atento a las exposiciones de
artistas emergentes, a veces, hay comida y vino gratis, a veces, tocan bandas,
a veces, hay buen arte, quiero decir que lo que propone el artista tiene
sentido para ti, te quedas pensando en eso y te estimula de alguna manera. Pero
siempre, todos se conocen y nosotros no conocemos a nadie. Estamos como en un
cumpleaños sin haber sido invitados y eso me empieza a poner incómodo. La gente
se saluda, se abraza, comparten marihuana, tiene sexo en el baño y uno en la
pared, mirando, con una cerveza en la mano. La situación puede ser incómoda.
Yo con Vladimiro
siempre vestimos igual, yo con mi camisa a cuadros roja y él con su polera del
astronauta de Odisea en el espacio o la de Pescado Rabioso, ahora algo en desuso,
le cayó vino justo en la cabeza del pescado, ahora es un pez sangrante, un pez
herido por la bohemia, lo que no está nada de mal, como motivo artístico, puede
que esté mejor que antes. El punto es que los dos siempre andamos igual,
entonces, como que nos ubican, pero no nos conocen y yo siento que los artistas
indie piensan cuando nos ven llegar a sus exposiciones, ahí vienen los que no
se cambian ropa, eso creo que piensan, así creo que nos llaman, “ya llegaron
los que no se cambian ropa, qué bueno, ya me estaba preocupando, ya los estaba
echando de menos”.
Entonces, me acerco y
observo al artista de música electrónica experimental que empieza a
experimentar con mis sentidos, con mi estado anímico, tendido en un sillón
siento que un avión viene cayendo en nuestra dirección, como el comienzo de
Relatos Salvajes, la música experimental me deja en ese estado mental, me deja a
mí pensando, en cualquier momento se estrella un avión contra nosotros y éramos
y fuimos y ahí quedaste arte, ahí quedaste experimentación.
La noche es para ver
comedias románticas, pienso, mientras camino por Avenida Matta y al llegar a
Vicuña Mackenna tengo la convicción de
que siempre se puede ver Tienes un e-mail otra vez, porque Meg Ryan me delira
en demasía, porque Tom Hanks es pasión, porque la comedia romántica, más que un
género o un tipo de película es una forma de vida.
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