“Cuando ustedes van
hacia la modernidad yo ya vengo de vuelta de África, con una pata menos y
cargado con marfil”, repito en voz alta frente al espejo. Estoy en el baño, solo,
en pijama, no sé a quién le hablo ni de quién hablo. Solo es algo que viene a
mi mente, de niño siento la extraña necesidad de ser un poco más moderno que el
día anterior y es desgastante, pero ya no hay vuelta atrás, es lo que soy y lo
que no, yo es otro, no sé quién, pero otro.
“Senté a la academia en
mis rodillas, la encontré amarga y la escupí”, así comenzará la defensa de mi
tesis, después, un chiste de gallegos, mejor dos, el chiste gallego es mi
fuerte, luego, pensaba colocar música, para amenizar la situación y pasar
repartiendo galletas y hablaría de galletas con la comisión evaluadora, cosas
como “cuáles son sus galletas favoritas”, no faltará quien responda, “las Toddy”,
entonces yo digo, “¿y por qué no las Kuky? Y ahí se arma la polémica, podemos
estar una hora hablando del tema, por qué son tan ricas las galletas de vino y
eso que ni siquiera tienen sabor a vino, por qué se llaman así. Las galletas de
coco, crujientes o sopeadas en café, ideales para media tarde. Las Frac
clásicas, por qué no han sido superadas por sus variaciones con distintos
sabores, por qué en cuanto a las galletas se impone lo clásico, las Tritón, lo
mismo, su variante con sabor a lúcuma no convence, qué pasa ahí, qué opinan,
los profesores de la comisión se entusiasman con la discusión, hay peleas,
primero, verbales, luego, a golpes.
Finalmente, la
situación se calma, los profesores vuelven a sus puestos y yo expongo mis
conclusiones: la modernidad no tiene cabida en el mundo de la galletería.
Aplauso cerrado, fotografía con mi respectivo diploma, saludo, reverencia y, a modo
de gran final, otro chiste gallego.
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