Describe
tu vida como lector, me dice la bloguera Lorena. Pero me es difícil separar mi
vida como lector de mis otros tipos de vida. El otro día, compartía con
Vladimiro, un bloguero de Santiago y a mí se me pasó la mano con el vino, no
teníamos vasos y tomamos de la botella y se acabó una botella y compramos otra
y, luego, otra más y la noche siguió así, hasta que un hipo persistente y más
que persistente, despiadado, me obligó a detenerme. Esa noche dormí abrazado a
la taza del baño, literalmente. Descansar la cabeza en la fría cerámica del
piso me hizo sentir mejor y pensé que Bukowski podría haber escrito un bonito
poema con esa imagen, es más, me sentí un poema viviente bukowskiano, mucho
menos cool, sin sexo, sin apuestas, sin peleas, pero miserable y solitario, en
definitiva, insisto, bukowskiano. Y ese es el punto, ¿dónde termina lo que uno
lee y empieza lo que vives? Para mí el límite no está claro y es muy probable
que no exista. La idea que tenemos de nosotros mismos es ficción, el currículum
vitae, la forma de seducir una mujer, las disculpas que le puedas dar a tu mamá
cuando compras cilantro y te pidió perejil, todo es narración.
Así,
mi vida como lector no es distinta de la vida que tengo como usuario del
transporte público, por ejemplo, donde escucho una variedad infinita de
microcuentos relatados por los otros pasajeros. “A las putas no se les da
besos, hay que puro meterla”, le dijo un tipo a otro, hoy, en el metro, “ya”,
respondió el amigo y eso fue todo lo que escuché porque nadie dijo nada más. A
mí me pareció muy Carver todo, porque Raymond Carver toma ese tipo de
conversaciones y las transforma en cuentos que reflexionan sobre gente que no
se conoce mucho y está obligada a compartir todos los días y conversar de cosas
superficiales, pero en algún punto de la narración, empiezan a aparecer grietas
en esa aparente trivialidad, los ritos cotidianos y sin importancia toman otra
forma, dejan de parecer vulgares y pasan a ser parte de un momento definitivo
en la vida de los personajes. “A las putas no se les da besos, hay que puro
meterla”, claramente, quien dice eso está enamorado de la puta que ve hace
meses o años, tiene miedo a demostrar su cariño, sabe que ya cruzó el límite,
la idea, en lo profundo de su corazón, lo atormenta y quiere conversar con
alguien del tema, pero no tiene amigos y decidió conversar con un colega que
solo ubica de vista, se cruzan en el pasillo de la oficina o en la hora de almuerzo,
pero nada más, ahora, intenta conversar de sus sentimientos y como única
respuesta recibe un mezquino, “ya”, no puede compartir con nadie lo único que
le importa compartir y está condenado a seguir hablando del partido del
domingo. El drama humano es narrado en un vagón del metro en el siglo XXI por
sus propios protagonistas.
El
punto es que a veces tienes días carverianos y, otras, bukowskianos, pero los
dos autores dicen lo mismo: el ser humano es un mamífero mirando el abismo, un
primate angustiado por su inminente desaparición, un animal con miedo al dolor.
Y lo que quiero decir es que mi vida como lector se trata de recordar que soy
un mono que se muere y los autores que me gustan no escatiman energía a la hora
de recordármelo, eres una bestia y puede que hoy sea tu último día en el
planeta tierra, eso me dicen y yo se los agradezco.
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