Practicante en acción

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jueves, 17 de marzo de 2016

Mi vida como lector

Describe tu vida como lector, me dice la bloguera Lorena. Pero me es difícil separar mi vida como lector de mis otros tipos de vida. El otro día, compartía con Vladimiro, un bloguero de Santiago y a mí se me pasó la mano con el vino, no teníamos vasos y tomamos de la botella y se acabó una botella y compramos otra y, luego, otra más y la noche siguió así, hasta que un hipo persistente y más que persistente, despiadado, me obligó a detenerme. Esa noche dormí abrazado a la taza del baño, literalmente. Descansar la cabeza en la fría cerámica del piso me hizo sentir mejor y pensé que Bukowski podría haber escrito un bonito poema con esa imagen, es más, me sentí un poema viviente bukowskiano, mucho menos cool, sin sexo, sin apuestas, sin peleas, pero miserable y solitario, en definitiva, insisto, bukowskiano. Y ese es el punto, ¿dónde termina lo que uno lee y empieza lo que vives? Para mí el límite no está claro y es muy probable que no exista. La idea que tenemos de nosotros mismos es ficción, el currículum vitae, la forma de seducir una mujer, las disculpas que le puedas dar a tu mamá cuando compras cilantro y te pidió perejil, todo es narración.
Así, mi vida como lector no es distinta de la vida que tengo como usuario del transporte público, por ejemplo, donde escucho una variedad infinita de microcuentos relatados por los otros pasajeros. “A las putas no se les da besos, hay que puro meterla”, le dijo un tipo a otro, hoy, en el metro, “ya”, respondió el amigo y eso fue todo lo que escuché porque nadie dijo nada más. A mí me pareció muy Carver todo, porque Raymond Carver toma ese tipo de conversaciones y las transforma en cuentos que reflexionan sobre gente que no se conoce mucho y está obligada a compartir todos los días y conversar de cosas superficiales, pero en algún punto de la narración, empiezan a aparecer grietas en esa aparente trivialidad, los ritos cotidianos y sin importancia toman otra forma, dejan de parecer vulgares y pasan a ser parte de un momento definitivo en la vida de los personajes. “A las putas no se les da besos, hay que puro meterla”, claramente, quien dice eso está enamorado de la puta que ve hace meses o años, tiene miedo a demostrar su cariño, sabe que ya cruzó el límite, la idea, en lo profundo de su corazón, lo atormenta y quiere conversar con alguien del tema, pero no tiene amigos y decidió conversar con un colega que solo ubica de vista, se cruzan en el pasillo de la oficina o en la hora de almuerzo, pero nada más, ahora, intenta conversar de sus sentimientos y como única respuesta recibe un mezquino, “ya”, no puede compartir con nadie lo único que le importa compartir y está condenado a seguir hablando del partido del domingo. El drama humano es narrado en un vagón del metro en el siglo XXI por sus propios protagonistas.
El punto es que a veces tienes días carverianos y, otras, bukowskianos, pero los dos autores dicen lo mismo: el ser humano es un mamífero mirando el abismo, un primate angustiado por su inminente desaparición, un animal con miedo al dolor. Y lo que quiero decir es que mi vida como lector se trata de recordar que soy un mono que se muere y los autores que me gustan no escatiman energía a la hora de recordármelo, eres una bestia y puede que hoy sea tu último día en el planeta tierra, eso me dicen y yo se los agradezco.



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